Construye tu morada

Este relato, aunque es un poco extenso para ponerlo aquí, me pareció muy interesante subirlo.
Gracias a Oscar de Rossi por haberlo escrito.
 

Mi madre sirvió durante toda su vida al Rey. Incluso de anciana, todas las cosas las seguía haciendo para él, pero, que yo sepa, jamás vio su rostro. Sin embargo, era como si lo hubiese visto, porque llevaba su marca, ese aroma a jardines y primavera esa fragancia que aquieta el alma y ensancha el corazón en una paz sin límites.

De niño me sentaba en su regazo y ella hablaba del Rey, de su corazón sabio y de su alma ancha como toda la creación, y cuando yo le preguntaba dónde lo había visto, me respondía que no hacía falta ver para conocer y sobre todo para amar. Luego agregaba con una serenidad llena de transparencia que ella me había amado desde siempre, aun sin conocerme, desde el día que había comenazado a llevarme en su seno, y eso, era verdad. Con el tiempo me di cuenta de que mi madre sabía muchas cosas aprendidas por el cariño y la confianza, caminos que desconocen los áridos esquemas del silogismo, nunca dudé de su palabra.

Sin embargo, siempre me dijo que, para llegar a los aposentos reales, era necesario pasar la prueba que ella aún no había enfrentado.

Pero entre mi infancia y mi vida de adulto se extendía un largo desierto. .

La vida me había arrastrado; me había llevado sin control por aquella corriente tumultuosa y turbulenta que tantos conocen, y todos mis esfuerzos estaban en ese tiempo dirigidos a no hundirme. Es verdad que hubo algunas épocas de mayor tranquilidad pero la mayoría fueron tiempos de lucha sin cuartel por la vida, o por lo que yo creía que era la vida. Allá lejos habían quedado los recuerdos de la infancia, y aquellas cosas bellas que mi madre me había enseñado pero que ahora las encontraba tan bellas como irreales.

Para hacerme paso y sobrevivir había tenido que hacer de todo, incluso aquellas acciones que los Libros Sagrados insisten en marcar como perniciosas, pero, la confusión era tan grande que había llegado a la conclusión de que incluso esos Libros eran parte de las fabulaciones para niños que la sociedad inventa y necesita para mantenerse. Había triunfado luego de muchos esfuerzos y sacrificios, pero seguía tan insatisfecho como antes. El mundo estaba, para mí, claramente dividido entre los; que mandan, aquellos que están llamados por su carácter; su inteligencia o su cuna, y los que obedecen, que son el resto. Yo, no por cuna, sino por inteligencia, me ubicaba entre los primeros.

Compasión y alegría eran palabras que no incluía mi diccionario.

La muerte de un ser querido me envolvió en su manto de tristeza; todo era absolutamente inútil; aumenté los maltratos a mis súbditos, probablemente para calmar mi dolor, pero no fue suficiente; sembraba pánico y resentimiento entre todos, exigiendo, controlando, abusando. Andaba en eso cuando, una tarde, paseando por los jardines, un acontecimiento fortuito me conmocionó, Sentí el aroma olvidado de mi madre. Esa fragancia me devolvió unos segundos de aquella paz que jamás había vuelto a tener. Giré buscando el origen de aquel aroma pero había pasado. Una nube de recuerdos y añoranza se agolparon en mi corazón. En varias oportunidades regresé al sitio con la esperanza de encontrar algo que me orientara. El aroma de mi madre se instaló en mi mente y esa fue la causa que me llevó a emprender el viaje de regreso, con la esperanza de encontrarla con vida

Supe que estaba viva porque, a medida que me acercaba, iba percibiendo el aroma de su alma. Allá estaba nuestra casa, humilde como siempre, y mi madre sentada debajo de uno de los tilos de nuestro jardín remendando ropa. Fue entonces que empecé a sentir nuevamente muchas,  cosas que había olvidado, ocupado en la seriedad de la vida; ya en nuestra propiedad, y como si hubiese entrado en un espacio sagrado, comencé nuevamente a ser niño. Me escondí detrás del viejo roble y mamá se dio vuelta y no dio muestras de asombro; solo atinó a decir:

– ¿Dónde estás?

No pude insistir; salí corriendo y la abracé. Ella estaba igual; era yo el que había cambiado.

– Hijo, -me decía, mientras acariciaba mi cabello blanco. Yo no atinaba a pronunciar palabra, no podía; ella entendió mi dolor, mi lejanía.

– Mi niño… -dijo mientras ponía sus mimos en mi-.

Finalmente… mi niño… ya pasó, mi pequeño.

En ese instante sus manos quitaron como una sombra de mis ojos y vi nuevamente cosas que había dejado de ver desde hacía muchos años.

Jamás olvidaré los días maravillosos que pasé con mi madre. Sólo aquellos que experimentan reencuentros pueden explicar esa suerte de paraíso que se vive en esos momentos. En cálidas conversaciones y sentidos silencios fuimos entregándonos todos aquellos años de lejanía y sufrimiento. Hubo arrepentimientos, llantos, perdones, abrazos.

Una tarde, repuesto ya de aquella avalancha de emociones, mi madre dijo:

– Hijo, este no es el fin de tu camino; es solamente un descanso; debes seguir tu senda; solo así podrás entender todo lo que debes entender y empezar a vivir todo lo que estas llamado a vivir. Luego agregó:

– Busca al Rey.

Mi madre indudablemente lo seguía sirviendo.

Dejamos pasar aún algunos días que fueron de gozo sin límite y luego emprendí mi camino, con conciencia clara de lo que buscaba.

El camino fue largo y no fácil de caminar. Había muchas poblaciones y palacios que se asemejaban a la descripción, pero en ninguna se percibía aquel aroma de primavera que exhalaba el alma de mi madre.

Muchas veces pensé que había llegado, pero el comportamiento violento de la gente y la ausencia de aquel aroma me indicaban lo contrario.

Había muchos que prometían la felicidad a bajo precio y la posibilidad de ser conducido de forma inmediata a las habitaciones del Rey. Pero eran engaños. Tuve que atravesar un largo desierto para llegar. Pero finalmente llegué. .

"Cuando sientas paz, allí será. Y será como si siempre hubieras estado allí. En tu corazón están las semillas."

Las palabras de mi madre nuevamente se estaban cumpliendo.

Mi alma estaba deseosa y sedienta de verlo. Luego de muchos trámites y días de espera, se abrió una puerta y se me comunicó que tenía que vestirme correctamente. Fui examinado y siempre faltaba algo para poder llegar a las habitaciones. Hubo muchos días de esperas y demoras que me desanimaron. Debía cumplir con mas entrevistas. Apesadumbrado, me retiré de aquel lugar.

Me preguntaba si debía regresar con mi madre a buscar nuevamente luz o si debía continuar.

Era increíble. En ese lugar no había servidores sino funcionarios, profesión que yo de sobra conocía. Funcionarios que no tenían el aroma de mi madre, que iban y venían, como dueños de aquel santo lugar.

Buscando sosiego, caminé por el costado del edificio atraído por la tranquilidad en la que se hallaba una gran plaza arbolada.

Caminaba cuando vi a los niños que jugaban en la plaza donde no había cuidadores ni funcionarios; allí se respiraba el aroma conocido;"todo era alegría".

Me dirigí al pozo, y cuando me aproximé al brocal para beber, un anciano ciego que tenía el mismo aroma de mi madre me dijo:

– ¿Qué buscas hijo?

– Buscaba al Rey -respondí entre iracundo y desanimado-, pero no puedo verlo; hace días que intento llegar y siempre hay alguno que me pide algo más; nunca están conformes; son funcionarios, no servidores.

El anciano sonrió con algún cejo de picardía y contestó:

– El error ajeno tiene también su propia sabiduría. Sin saberlo, ellos te han guiado. La puerta principal en este palacio es la de servicio; la fachada es una fachada para dar trabajo a mucha gente mareada por la lectura de los libros, pero por allí no se llega a los aposentos del Rey.

y continuó: –

– Olvídalos; son también como niños. Pero tú aún no estas preparado. -y añadió:- Construye tu morada.

– ¿Qué morada? Yo no tengo morada. Lo que yo quiero es ver al Rey.

– Precisamente -sonrió el anciano-; debes primero construir tu morada.

Quedé perplejo.

– ¿Cómo la construiré? -atiné a decir.

– Busca las piedras.- Y dándose media vuelta, concluyó su conversación.

Ya de camino, volvió su cabeza y con picardía dijo:

– Esta es la primera piedra. Eres la grandeza de su Grandeza.

Eres la grandeza de su grandeza… eres la grandeza de su grandeza… ", repetía yo. Sin saberlo, pero conducido por Aquel que es siempre sabio, había llegado a las manos de un guía.

Fue así como, a lo largo de mucho tiempo, fui frecuentemente encontrándome con aquel anciano que era un manantial de vida.

Los encuentros resultaban divertidos y ocurrentes. Era de mucho hablar, pero hacía también largos silencios… Durante los momentos en que estábamos juntos, repetía algunas frases que con el tiempo fui entendiendo: eran como el nudo de cada enseñanza. Tomé aquellas frases para recordar cada una de sus lecciones.

No muy apartado del palacio, pude conseguir un trabajo que me daba para sustentarme y tiempo libre para mi tarea principal: entender y empezar a vivir las palabras del anciano.

Así pasaron varios años en los que fui creciendo, sabiendo que estaba haciendo mi camino.

Pero la vida siempre tiene sus sorpresas. Un día recibí un mensajero que me traía una carta de mi madre; en ella me comunicaba que ya estaba lista para partir, que el Rey la esperaba.

Sin dudarlo fui al encuentro del anciano. Cuando me vio, su rostro se iluminó y dijo:

– Es el Rey, que nos visitará.

– Tengo que ir a ver a mí madre -respondí-. Lo abracé; su abrazo dijo muchas cosas, muchas más de las que pude entender en ese momento. Sólo atiné a decirle:

– Regresaré pronto.

De entre los pliegues de su manto sacó un escrito, a la vez que me decía:

– Solo lo leerás cuando yo haya partido.

En ese momento no presté atención a sus palabras.

El viaje fue distinto del que me había traído, gocé del regreso. La Naturaleza, e incluso la gente, me parecían distintas, pero en realidad era yo el que había cambiado. Cuando llegué, mi madre me esperaba.

– Hijo -dijo-, ha llegado el momento de partir. Muy pronto veré al Rey.

Mi madre, en su lecho, estaba hermosa; su cabello plateado, sus arrugas, la sonrisa permanente, le daban una dignidad maravillosa.

Compartí con mi madre sus últimos momentos.

Esa noche partió.

Estaba feliz de partir; había cumplido.

Permanecí en casa varios días arreglando asuntos de familia. Mi corazón no estaba oprimido como siempre había creído que sucedería; al contrario, una paz muy grande me acompañaba.

Finalmente ella estaba con el Rey.

Sentí necesidad de regresar.

Cuando llegué, lo primero que hice fue buscar al anciano, pero no lo encontré. Estaba en eso cuando un niño de los que siempre jugaban  se me acercó y me dijo:

– ¡Por fin apareció…! Hace unos días el ancianito que siempre hablaba con usted me dio un mensaje…

– ¿Qué dijo?-pregunté con ansiedad y algo de sobresalto.

– Me dijo que le dijera -y repitió como aquel que ha aprendido una tarea de memoria: "Finalmente es mi tiempo. El Rey me ha llamado.

Pronto nos volveremos a ver. " -dijo el niño, sin saber todo lo que aquello significaba para mí.- Y añadió: -"…estaba tan contento."

Por la mañana  exhausto pero sereno fui a la plaza a recordar al anciano. A pesar de que el sentido común me decía lo contrario, guardaba la infantil ilusión de volver a verlo. Estaba en la plaza cuando un hombre que me hizo recordar a mí mismo años atrás se acercó y me preguntó:

– ¿ Cómo puedo hacer para ver al Rey?

Fue tanto el movimiento interior que sentí, la confusión, los recuerdos, que levanté la cabeza para decirle que buscara al anciano y en ese momento lo vi. Escondido detrás de un árbol; pedí disculpas por mi turbación y le dije que ya regresaba; fui al árbol, pero el anciano no estaba, aunque sí había ese aroma que yo conocía. Y ese aroma fue su bendición y su abrazo de despedida. Luego de ese instante, que fue como una revelación sin palabras, regresé al lugar donde estaba aquel señor que, como si nada hubiese pasado, repitió su pregunta:

– ¿Cómo puedo hacer para ver al Rey?

y yo, sin haberlo pensado mucho, pero con una resolución que desconocía, respondí:

-Construye tu morada…

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