¿Que viento se llevó…

Como todas las mañanas, comenzó a despertar cuando apenas entraba una sutil sugerencia de  luz a través de las rendijas de la persiana veneciana. Su mente tardo unos minutos en llegar a la realidad, con los ojos apenas abiertos y el ceño fruncido miró a su alrededor recorriendo toda la habitación. El tono rozado de la luz solar se extendía desde la ventana marcando débiles franjas sobre el blanco de la pared.

Haciendo un duro esfuerzo por incorporarse logró sentarse sobre el borde derecho de la cama y fue poniéndose una a una las pantuflas de toalla blanca mientras arrastraba los pies en dirección a la ventana. Tomó la toalla que estaba perfectamente doblada sobre la silla y mientras con la mano derecha, algo tembloroso la desplegaba, con el índice y pulgar izquierdo practicaba una pinza sobre las tablillas de la persiana y se asomaba a deleitarse con la majestuosidad de la aurora.

Desde allí podía ver el horizonte hundirse en el profundo  azul del mar, el sol como una enorme moneda de oro apenas estaba elevando sus rayos por encima del oleaje producido por la suave brisa marina. Inflamó sus pulmones como si a través de la ventana doble blindex pudiera recibir el aire marino, contuvo la respiración unos segundos y luego continuó su camino a la ducha.

Casi repitiendo un ritual, se dio una ducha dejando caer el agua tibia sobre el rostro y luego sobre el resto del cuerpo, se afeitó lentamente con espuma mentolada, se cepilló los dientes con su pasta preferida. Una hora después, salía del baño envuelto en la bata que llevaba bordadas sus iniciales con hilo dorado en el bolsillo superior izquierdo y listo para el transitar el resto del día, justo en el momento que Gertrudis golpeara su puerta para anunciarle que estaba listo el desayuno.

Salió al pasillo y mientras lo recorría con total tranquilidad, perdía su mirada en la playa que podía verse cómodamente desde los ventanales de aquel primer piso. El silencio era apenas interrumpido por el delicado vibrar de los vidrios ante el efecto del viento.  Se cruzó con una que otra persona pero no les prestó mayor atención, bajó las escaleras y mientras saludaba a Gertrudis que ya se encontraba a la entrada, tomó el diario del mostrador del hall como de costumbre y fue sorteando las mesas hasta llegar a la suya, justo junto a la ventana a la misma altura que su habitación. Desde allí a la cocina apenas había unos escasos dos metros y el sugerente aroma a tostadas y café con leche le despertaban el apetito en forma voraz.

Mientras abría la primera página del diario, Darío, se acercó a él y le preguntó:

-¿Café y leche como de costumbre?

-Si por favor, y hoy déjeme algunas tostadas extra, el aroma me ha despertado un apetito enorme esta mañana.

Volvió a cerrar el diario, lo dobló hasta hacerlo un rodillo y luego paseó la mirada por todo el salón. Su vecino de mesa golpeteaba sin parar la cucharita contra la taza colmada de leche fresca; más allá, dos hombres perecían conversar animadamente pero sin que uno escuchara al otro y casi como si ni se prestaran mayor atención, por último, cercano a la puerta de salida junto al televisor, otro hombre apuntaba con una vainilla hacia la pantalla como si se tratara de un control remoto.

Volvió su mirada hacia el mar y mientras soñaba con navegar apuraba un sorbo de la taza que aún estaba humeante y con un suave aroma a café. Luego, tomó una tostada y la untó en manteca y la desbordó de dulce de leche, la comió lentamente, como si se tratara de la última tostada que existiera en el mundo. Aquel momento se le antojó tan hermoso que desayunar le llevó más de una hora.

Al terminar, tomo el diario enrollado y lo colocó bajo su axila izquierda mientras con la última tostada  rebalsando de dulce salió cansinamente sin rumbo fijo. Al pasar junto a Gertrudis la escuchó decir:

-Señor no olvide… y él la detuvo levantando su mano derecha mientras continuaba su camino. Recorrió algo más de doscientos metros desde la puerta principal hasta rozar los pies con la espuma refrescante del mar, la brisa marina no dejaba de acariciarlo en el rostro y agitarle los cabellos de la frente. En todo momento presintió que alguien lo seguía, pero prefirió no mirar atrás y solo caminar; al retroceder para regresar, solo vió una sombra entre los arbustos de un médano cercano pero no le interesó. Tal como llegó, retornó. En la entrada lo esperaba un hombre de guardapolvo blanco que lo llamó por su nombre aunque él no sabía de quien se trataba, no obstante por alguna extraña razón decidió seguirlo.

Atravesaron un pasillo semi oscuro cercano a la cocina y llegaron a un cuarto con un escritorio y un pequeño sofá que se veía muy tentador, totalmente revestido en cuero negro, pegado a una ventana que daba al exterior. El hombre le hizo seña para que se sentara y luego le dijo:

-¿Cómo se siente esta mañana?

-Perdón ¿Quién es usted?

-Soy su doctor, ¿me ha olvidado?

-Doctor… ¿doctor?… no lo recuerdo.

Pero da igual, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Si, ¿como no? Para eso estamos aquí

-¿Qué viento se ha llevado mi locura?

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