Cuando nos dejamos llevar…

San Benito es considerado el iniciador y Patriarca del Monacato Occidental. El Santo llegó a tener una situación privilegiada, porque para dirigir como Superior más de doce monasterios se necesitaba un privilegio especial del Papa. Este favor se explica, porque el Pontífice le había conferido al Santo Abad una misión especial, confiando plenamente en el carisma que éste tenía.

Al ser tanto el renombre que alcanzaba ya San Benito, la envidia comenzó a aparecer en algunos, tal es el caso de Florencio, sacerdote de una iglesia vecina; que seguramente instigado por el “antiguo enemigo” (Satanás) se llenó de celos e intentó apartar de él a cuantos podía. Pero por más que lo intentaba, la fama de santidad del Abad continuaba ascendiendo y cada vez más crecía el número de los que atraídos por la extraordinaria personalidad del hombre de Dios, acudían, llamados a buscar una vida más perfecta, recibir sus enseñanzas y seguir su ejemplo.

Florencio, un día decidió enviar a San Benito un pan, como si se tratase de un obsequio, pero llevando en su interior una pócima venenosa. San Benito aceptó el presente y le hizo llevar sus agradecimientos al sacerdote, pero conoció de inmediato por su extraordinario don de clarividencia el terrible preparado que se hallaba oculto en el pan. Cuando llegaba la hora de la comida, acostumbraba a venir volando un cuervo, al que el santo le daba de comer en su propia mano algunas migas de pan. Entonces le echó el pan que había recibido de Florencio, y le ordenó: -“En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, toma este pan en tu pico y arrójalo en un lugar donde no pueda ser hallado por nadie”. El cuervo, empezó a revolotear alrededor del pan sin decidirse a tomarlo. Y ante la falta de decisión del ave San Benito le reiteró la orden diciéndole: -“Llévatelo sin miedo y tíralo donde nadie pueda encontrarlo”, y entonces el cuervo por fin obedeció y pinzando el pan con su pico se elevó por los aires desapareciendo. Pasadas unas tres horas, el cuervo regresó para recibir el alimento como de costumbre.

Esta anécdota de San Benito muestra hasta que punto se puede llegar por envidia si nos dejamos llevar. Un sacerdote, un supuesto hombre de Dios, deja crecer en él el celo y la envidia hasta el extremo de querer matar a otro hombre. De la misma forma, en el Evangelio de hoy (San Marcos 3, 1-6) Jesús vuelve a mostrar que a Dios le importa más nuestra felicidad que cualquier otra cosa y un grupo de fariseos (supuestos hombres de Dios) en lugar de alegrarse ante un hombre que es curado y se acerca a Dios y que Dios se les está manifestando, prefieren dejarse llevar por la envidia y llegar al punto de confabularse con los herodianos (hombres más llegados al rey que a Dios) para tratar de matar a Jesús.

Señor, no permitas que la envidia y los celos aniden en mi corazón jamás, aparta al maligno enemigo de mí y de todos los que me rodean.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s