Visiones de Catalina sobre la Candelaria

La reflexión de hoy quedó más extensa que lo normal, la razón es que en realidad no se trata de una reflexión, sino de algunas visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick (la misma que inspiró la película La Pasión de Mel Gibson), sobre el momento de la presentación en el Templo de Jesús, ceremonia que hoy recordamos en la Iglesia y la Purificación de María, o fiesta de la Candelaria que también celebramos hoy. Por eso, te invito a llevar hoy una vela a la Misa y a que leas estas hermosas visiones que nos acercan más a Jesús y María.

Presentación de Jesús en el Templo

Acercándose el día en que la Virgen debía presentar su Primogénito en el Templo y rescatarlo según lo prescribía la Ley, se hicieron los preparativos para que la Sagrada Familia pudiese ir al Templo y de allí volver a Nazaret. Ya el domingo 30 los pastores habían llevado lo que Ana había dejado. La gruta del pesebre, la lateral y la de Maraha se hallaban completamente vacías y limpias. José las había dejado en las condiciones en que las encontró. He visto a María y a José con el Niño visitando por última vez la gruta y despedirse del paraje. Tendieron la carpeta de los Reyes en el lugar donde Jesús había nacido, pusieron allí al Niño y rezaron. De allí pasaron al sitio de la circuncisión y también allí se detuvieron rezando. Al amanecer he visto a la Virgen sentarse sobre el asno que los pastores dejaron ensillado delante de la gruta. José tuvo al Niño mientras María se acomodaba, y luego se lo dio. La Virgen iba sentada de modo que sus pies, un tanto levantados, descansaban sobre una tablilla. Llevaba al Niño contra su pecho, envuelto en su gran manto, mientras lo contemplaba llena de felicidad. Sobre el asno sólo había dos colchas y dos pequeños fardos, entre los cuales estaba María. Los pastores se despidieron con mucha emoción acompañándolos un trecho. No hicieron el mismo camino por donde habían venido; sino que cruzaron entre la gruta del pesebre y la de la tumba de Maraha, costeando a Belén por el Oriente, de modo que nadie los observó.

Enero 30. – Hoy los vi seguir el camino con lentitud, recorriendo la distancia bastante corta de Belén a Jerusalén. Emplearon mucho tiempo porque se detenían con frecuencia. A mediodía los vi hacer alto sobre unos asientos alrededor de un pozo techado, mientras dos mujeres se acercaron a María y trajeron dos cantaritos con agua mezclada con bálsamo, y panecillos. La ofrenda que María ofrecería en el templo estaba en un cestillo colgado de un lado del asno. Este cesto tenía tres compartimentos: dos de ellos, cubiertos, contenían frutas; el tercero era una jaula calada con dos palomas. Al amanecer los vi entrando en la casa pequeña de dos esposos ancianos que los recibió con todo afecto: estaban a un cuarto de legua de Jerusalén. Eran esenios, parientes de Juana Chusa. El marido se ocupaba en trabajos del jardín, podando cercos, y tenía a su cargo la parte del camino.

Febrero 2. – Pasaron todo el día en casa de esos ancianos. María estuvo casi todo el día sola con el Niño en una habitación: lo tenía junto a ella sobre una alfombra. María estaba siempre en oración y parecía disponerse para la ceremonia que tendría lugar muy pronto. En aquella ocasión tuve una advertencia interior acerca de la manera que debía prepararme para la Comunión. Vi aparecer en la habitación a varios ángeles que adoraban al Niño Jesús. No podría decir si María los vio, aunque creo que sí, porque estaba muy emocionada; por otra parte, los dueños de la casa prestaron toda clase de atenciones a María presintiendo algo extraordinario en el Niño Jesús.

A las siete de esta tarde vi al anciano Simeón. Era un hombre delgado, de mucha edad y barba corta. Este sacerdote tenía mujer y tres hijos, de los cuales el más joven contaría veinte años. Vivía junto al templo, y vi que se dirigía por un corredor estrecho y oscuro hacia una celdilla abovedada, abierta en los gruesos muros. No vi más que una abertura por la cual se miraba al interior. El anciano estaba arrodillado en su oración como en éxtasis. Se le apareció un ángel y le dijo que prestase atención al primer niño que se presentara a la mañana siguiente en el templo, pues ese niño era el suspirado Mesías que él tanto había deseado contemplar. Le avisó que habría de morir después de ver al Mesías. El espectáculo era admirable. La celda estaba inundada de luz y el anciano Simeón lleno de contento. Al volver a su casa contó a su mujer lo que le había pasado, y cuando esta fue a descansar, vi al anciano de nuevo en oración. He visto que la profetisa Ana tuvo también una visión mientras rezaba en su celda del templo, referente a la presentación del Niño Jesús.

Esta mañana, antes de amanecer, he visto a la Sagrada Familia en compañía de los dueños de casa, que dejaban el albergue para dirigirse al templo de Jerusalén con el cesto donde estaban las ofrendas que debía presentar. Entraron primero en un patio cercano al templo, rodeado de muros, y mientras José y el dueño de casa colocaban el asno bajo un cobertizo, la Virgen fue recibida muy fraternalmente por una anciana que la llevó más lejos por un corredor cubierto. Llevaban una linterna, pues no había aclarado aún. Desde la entrada, en aquel pasaje, el anciano Simeón salió al encuentro de María. Dijo algunas palabras de alegría, tomó al Niño en sus brazos, lo estrechó contra su corazón y se dirigió por otro camino apresuradamente al templo. Tenía un deseo tan vivo de ver al Niño, por lo que el ángel le había dicho, que quiso esperar la llegada de las mujeres para ver más pronto lo que tanto tiempo había suspirado. Llevaba Simeón largas vestiduras, como acostumbraban los sacerdotes cuando no estaban en función. Lo he visto con frecuencia en el templo y siempre en calidad de sacerdote, pero sin ocupar un cargo muy elevado en jerarquía. Sobresalía por su piedad, sencillez y sabiduría.

Presentación de María en el Templo

La Virgen fue llevada por la mujer que le servía de guía hasta el vestíbulo del templo, donde se hacía la purificación. Fue recibida allí por Ana y Noemí, su antigua maestra, las cuales habitaban en esa parte del templo. Simeón acudió nuevamente al encuentro de María y la condujo al lugar donde se hacía el rescate de los hijos primogénitos. Ana, a quien José entregó el cesto con las ofrendas, la siguió con Noemí. José se dirigió a otra puerta, por donde debían entrar los hombres. Ya se sabía en el templo que varias mujeres tenían que presentarse con sus primogénitos y todo estaba preparado para la ceremonia. Había una serie de lámparas encendidas contra los muros, que formaban como una pirámide de luces. La llama salía por la extremidad de una caída curva terminada en un pico de oro, que brillaba tanto como la llama y que llevaba sujeta por un resorte un pequeño apagador. Cuando este era alzado por detrás, se apagaba la llama sin despedir humo ni olor, y para prenderlo bastaba bajarlo.

Delante de una especie de altar, en una de cuyas extremidades había algo parecido a unos cuernos, varios sacerdotes habían llevado un cofre cuadrangular, algo alargado, que formaba el soporte de una mesa bastante amplia sobre la cual había una gran placa. En esta mesa colocaron una colcha roja y otra blanca, transparente, que colgaba hasta el suelo alrededor de la mesa. En los cuatro extremos de la mesa había lámparas encendidas de varios brazos y en el centro dos fuentes ovaladas y dos cestillas en torno a una larga cuna. Todos estos objetos se habían extraído de los compartimentos del cofre. De ahí también sacaron ropas sacerdotales, depositándolas sobre el altar fijo. La mesa para recibir las ofrendas estaba rodeada de una reja. A ambos lados de esta sala del templo había hileras de asientos, unas más altas que otras, donde se encontraban varios sacerdotes orando.

Simeón se acercó a María que tenía al Niño envuelto en una tela azul celeste; y la condujo por la reja hasta la mesa de las ofrendas, donde María puso al Niño en la cuna. Desde ese momento vi el templo lleno de luz de un resplandor indescriptible. Vi que Dios estaba allí, y encima del Niño Jesús, vi los cielos abiertos hasta el trono de la Santísima Trinidad.

Simeón volvió a llevar a María al sitio donde se encontraban las mujeres detrás de la reja. María tenía vestido azul celeste y velo blanco, y estaba envuelta en largo manto amarillento. Simeón se acercó entonces al altar fijo, donde se hallaban las vestiduras sacerdotales y se revistió con otros tres sacerdotes para la ceremonia. En los brazos llevaban algo así como una rodela pequeña y sobre la cabeza una especie de mitra. Uno de estos sacerdotes se colocó detrás de la mesa de las ofrendas, el otro delante y los restantes se hallaban a los costados recitando plegarias frente al Niño. La profetisa Ana se acercó entonces a María, le presentó el cesto de las ofrendas y la llevó hasta la reja, delante de la mesa del sacrificio. Ella quedó allí de pie, y Simeón, que estaba junto a la mesa, abrió la reja, acercó a María a la mesa y coloco allí sus ofrendas. En una de las fuentes ovaladas pusieron las frutas y, en la otra, monedas, mientras las palomas permanecieron en el cesto. En tanto Simeón quedaba con María ante el altar de las ofrendas, el sacerdote, detrás del altar, tomo al Niño Jesús, lo alzó en el aire presentándolo hacia diversos lados del templo y oró largo tiempo. Después entregó el Niño al anciano Simeón, el cual lo puso en brazos de María, leyendo ciertas oraciones en un rollo puesto a su lado sobre un atril. Simeón volvió a conducir a María delante de la balaustrada, de donde fue llevada por Ana, que la esperaba, al sitio donde estaban comúnmente las mujeres. Había allí una veintena de ellas, que había concurrido para presentar a sus primogénitos. José y los demás hombres estaban más lejos, en el sitio designado. Los sacerdotes que estaban delante del altar comenzaron un servicio con incensarios y oraciones, y los que se encontraban sentados tomaron parte en él haciendo ademanes, aunque no exagerados.

Terminada esta ceremonia Simeón se acercó a María, recibió al Niño en sus brazos y, lleno de entusiasmo, habló de Él durante largo tiempo en términos sumamente expresivos. Agradeció a Dios el haber cumplido su promesa y entre otras cosas dijo: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. José se había acercado después de la Presentación, y escuchó, igual que María, con sumo respeto, las inspiradas palabras de Simeón, el cual, bendiciendo a ambos, dijo a María: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”. Al terminar su discurso Simeón, la profetisa Ana se sintió inspirada y habló largo tiempo del Niño Jesús, dando a su Madre el nombre de Bienaventurada. He visto que todos los presentes escucharon esto con devoción, sin que resultara desorden alguno. Me parece que los sacerdotes también oyeron estas cosas. Parecía que aquella manera de rezar, en alta voz, no fuera cosa insólita; que sucedían con frecuencia estas cosas y que era natural que así sucedieran en el templo. Todos los presentes manifestaban grandes muestras de respeto al Niño y a su Madre. María brillaba como una rosa del Paraíso.

En apariencia, la Sagrada Familia había presentado de las ofrendas la más pobre, pero José dio al anciano Simeón y a la profetisa Ana, secretamente, muchas pequeñas monedas amarillas triangulares, con intención de favorecer especialmente a las vírgenes pobres que se educaban en el templo y que no tenían medios para costearse el mantenimiento. He visto luego que la Virgen era llevada con su niño por Ana y Noemí al atrio desde donde la habían traído, y allí se despidieron. José ya se encontraba allí con los dueños de la casa donde se alojaban. Como habían traído el asno, María montó en él, con el Niño en brazos, y saliendo del templo se dirigieron a Nazaret, atravesando Jerusalén. No pude ver la ceremonia de la presentación de los demás niños en el día de hoy; pero tengo la impresión de que todos ellos recibieron gracias particulares, y que muchos fueron de aquellos niños inocentes degollados por orden de Herodes. Toda la ceremonia de la Presentación debió terminar a eso de las nueve de la mañana, pues a esa hora he visto que partía la Sagrada Familia de Jerusalén.

Visión de la Purificación de María

La fiesta de la Candelaria o Purificación se me mostró en un gran cuadro que ahora me es difícil explicar. Vi esta fiesta en una iglesia diáfana suspendida sobre la tierra, que representa a la Iglesia Católica en general, y que veo cuando debo contemplar no una iglesia en particular, sino la Iglesia como tal. Estaba llena de ángeles, que rodeaban a la Santísima Trinidad. Así como yo debía ver a la Segunda Persona de la Trinidad en el Niño Jesús presentado y rescatado en el templo, a pesar de hallarse presente en la Trinidad Santísima, así me parecía que el Niño Jesús se hallaba junto a mí y me consolaba en mis dolores mientras yo veía a la augusta Trinidad.

Febrero 3. – Estaba, pues, cerca de mí el Verbo encarnado, y parecía que el Niño Jesús estaba unido a la Santísima Trinidad mediante una vía luminosa. No dejaba de estar allá, aunque estuviera a mi lado, y no dejaba de estar junto a mí, aunque estuviera en la Trinidad. En el momento en que sentí fuertemente la presencia del Niño Jesús junto a mí, vi la figura de la Santísima Trinidad en otra forma que cuando Ella me es presentada solamente como imagen de la Divinidad.

En esto apareció un altar en medio de la iglesia: no era un altar determinado de una de nuestras iglesias, sino un altar en general y simbólico. Sobre él había un árbol pequeño con grandes hojas colgantes, como había visto que era el árbol de la ciencia del bien y del mal en el Paraíso terrenal. Después vi a la Virgen Santísima con el Niño Jesús en brazos como si emergiese de la tierra, delante del altar, mientras el árbol que estaba sobre él se inclinaba ante Ella y se secaba de inmediato. Después vi que un ángel de vestiduras sacerdotales, con un aro luminoso en la cabeza, se acercaba a María. Ella le dio el Niño y el ángel lo puso sobre el altar, y en el mismo momento vi al Niño en el cuadro de la Santísima Trinidad, la cual contemplé esta vez en su forma común. Vi que el ángel daba a María un pequeño globo, sobre el cual había una figura como de un niño fajado y María, después de haberlo recibido, quedó suspendida en el aire sobre el altar. De todos lados salían brazos llevando antorchas que se dirigían hacia ella, y María las presentaba al Niño, sobre el globo, en el que entraron de inmediato. Las antorchas formaron, por encima del Niño y de María, un resplandor de luz que iluminaba todo el cuadro. María desplegaba un amplio manto sobre toda la tierra. Luego todo cambió y se transformó en otra escena, que parecía la celebración de una fiesta.

Creo que la muerte del árbol de la ciencia del bien y del mal en el momento de aparecer María y la absorción del Niño ofrecido sobre el altar dentro del cuadro de la Santísima Trinidad, debían ser imágenes de la reconciliación de los hombres con Dios. Por esto mismo he visto que las luces dispersas presentadas a la Madre de Dios y remitidas por ella al Niño Jesús se convertían en una sola luz en Jesús, que es la Luz del mundo que ilumina a todo hombre y al mundo entero, representado por aquel globo como por un globo imperial. Las luces presentadas indicaban la bendición de las candelas, que se celebra en la fiesta de la Candelaria.

Jesús, ayer en la parroquia celebramos la Misa por los difuntos salesianos y en el Evangelio nos pides que estemos preparados y con las lámparas encendidas esperando tu llegada. Hoy encenderemos la candela para esperarte. Ven Señor Jesús, estamos a tu espera.

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