Que facil puede ser y cuanto me complico a veces…

Este fin de semana visitamos a las Hermanas Adoratrices de la Eucaristía que están en Roldan, todos los primeros y terceros sábados de mes, durante este año, realizan un encuentro de 17:00 a 19:00, con un momento de oración, reflexión y algunas cosas más. Si estas cerca te invito a venir, es realmente muy hermoso, y no necesitas venir a todos los encuentros, solo cuando puedas. La cosa es que antes de comenzar la oración, la hermana nos leyó un breve cuento que tal vez ya recibiste alguna vez por email o lo leíste en otro lugar. Dice así:

Una noche yo había trabajado mucho ayudando a una madre en su parto; pero a pesar de todo lo que hicimos, murió dejándonos un bebé prematuro y una hija de 2 años, nos iba a resultar difícil mantener al bebé con vida porque no teníamos incubadora (¡no había electricidad para hacerla funcionar!), ni facilidades especiales para alimentarlo.

Aunque vivíamos en el ecuador africano, las noches frecuentemente eran frías y con vientos traicioneros. Una estudiante de partera fue a buscar una cuna que teníamos para tales bebés, y la manta de lana con la que lo arroparíamos. Otra fue a llenar la bolsa de agua caliente. Volvió enseguida diciéndome irritada que al llenar la bolsa, había reventado. La goma se deteriora fácilmente en el clima tropical “¡Y era la última bolsa que nos quedaba!”, exclamó y no hay farmacias en los senderos del bosque. “Muy bien”, dije, “pongan al bebé lo más cerca posible del fuego y duerman entre él y el viento para protegerlo de éste. Su trabajo es mantener al bebé abrigado”.

Al mediodía siguiente, como hago muchas veces, fui a orar con los niños del orfanato que se querían reunir conmigo. Les hice a los niños varias sugerencias de motivos para orar y les conté del bebé prematuro. Les dije el problema que teníamos para mantenerlo abrigado y les mencioné que se había roto la bolsa de agua caliente y el bebé se podía morir fácilmente si tomaba frío. También les dije que su hermanita de 2 años estaba llorando porque su mamá había muerto. Durante el tiempo de oración, Ruth, una niña de 10 años oró con la acostumbrada seguridad consciente de los niños africanos “por favor Dios”, oró “mándanos una bolsa de agua caliente. Mañana no servirá porque el bebé ya estará muerto. Por eso, Dios MANDALA ESTA TARDE”. Mientras yo contenía el aliento por la audacia de su oración la niña agregó: “y mientras te encargas de ello, ¿podrías mandar una muñeca para la pequeña y así pueda ver que Tú le amas realmente?”. Frecuentemente las oraciones de los chicos me ponen en evidencia. ¿Podría decir honestamente “amén” a esa oración? No creía que Dios “pudiese” hacerlo. Sí, claro, sé que El puede hacer cualquier cosa. Pero hay límites ¿no?, y yo tenía algunos GRANDES “peros…” La única forma en la que Dios podía contestar esta oración en particular, era enviándome un paquete de mi tierra natal. Había ya estado en Africa casi 4 años y nunca jamás recibí un paquete de mi casa. De todas maneras, si alguien llegara a mandar alguno, ¿quién iba a poner una bolsa de agua caliente?

A media tarde cuando estaba enseñando en la escuela de enfermeras, me avisaron que había llegado un auto a la puerta de mi casa. Cuando llegué el auto ya se había ido, pero en la puerta había un enorme paquete de once kilos. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por supuesto, no iba a abrir el paquete yo sola, así que invité a los chicos del orfanato a que juntos lo abriéramos. La emoción iba en aumento. Treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja. Había vendas para los pacientes del leprosario y los chicos parecían estar un poco aburridos. Luego saqué una caja con pasas de uvas variadas, lo que servía para una buena tanda de panecillos el fin de semana. Volví a meter la mano y sentí… ¿sería posible?, la agarré y la saqué… ¡Sí, era UNA BOLSA DE AGUA CALIENTE NUEVA!

Lloré… Yo no le había pedido a Dios que mandase una bolsa de agua caliente, ni si quiera creía que El podía hacerlo. Ruth estaba sentada en la primera fila, y se abalanzó gritando: “¡Si Dios mandó la bolsa, también tuvo que mandar la muñeca!”. Escarbó el fondo de la caja y sacó una hermosa muñequita. A Ruth le brillaban los ojos.

Ella nunca había dudado. Me miró y dijo: “¿puedo ir contigo a entregarle la muñeca a la niñita para que sepa que Dios la ama de verdad?”. Ese paquete había estado en camino por 5 meses. Lo había preparado mi antigua escuela dominical, cuya maestra había escuchado y obedecido la voz de Dios que la impulsó a mandarme la bolsa de agua caliente, a pesar de estar en el ecuador africano. Y una de las niñas había puesto una muñequita para alguna niñita africana cinco meses antes en respuesta a la oración de fe de una niña de 10 años que la había pedido esa misma tarde.

La historia termina diciendo: “Antes que clamen, responderé yo”… Isaías 65:24

Resulta entonces que esta historia que me contaron el sábado se relaciona con la liturgia de hoy y por eso la cuento y aunque esa fue solo una de las muchas razones por la que me fue contada (Diosidencias…) (Los catequistas con los que nos reunimos ayer domingo recordaran algo más…)

La primera lectura de la Misa de hoy (Eclesiástico 1, 1-10) habla de la sabiduría y nos recuerda que en realidad Todo nos viene de Dios, tal como la historia nos quiere mostrar y como lo dice el pasaje de Isaías. Pero luego llega el Evangelio (San Marcos 9, 14-29) y nos cuenta sobre un nuevo exorcismo practicado por Jesús, pero la enseñanza más importante aparece sobre el medio y el final. “Créo, ayúdame porque tengo poca fe” dice el padre del niño endemoniado y Jesús en el final le dice a sus discípulos “Esta clase de demonios se expulsa sólo con la oración”. La lectura también me recuerda mucho la historia del médico, él no tiene mucha fe y no logra por sí solo el milagro de salvar la vida del bebe, sin embargo la oración sincera y llena de Fe de un pequeño tiene el mismo poder que la oración que Jesús nos invita hoy a realizar, esa oración produce milagros, produce vida y vida en abundancia porque conmueve a Dios.

Señor, Créo, ayúdame porque tengo poca fe, aún más pequeña que un grano de mostaza, pero a tu lado y con tus Palabras podré lograr todo lo que me pidas y me proponga.

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