Domine, quo vadis?

Capítulo primero

Por la gracia de Dios, soy hombre y cristiano; por mis acciones soy un gran pecador; por mi estado, un peregrino de la más baja condición que anda siempre errando de un lugar a otro. Ms bienes son: a la espalda, una alforja con pan duro, la santa Biblia en el bolsillo y basta de contar. El domingo vigésimo cuarto después de la Trinidad entré en la Iglesia para orar durante el oficio; estaban leyendo la carta de san Pablo a los Tesalonicenses, en el pasaje que dice:

“Oren sin cesar” (1 Tes 5,17). Estas palabras penetraron profundamente en mi espíritu, y me pregunté cómo es posible orar sin cesar, puesto que todos debemos ocupamos en diversos trabajos a fin de procurar la propia subsistencia. Busqué en la Biblia y leí con mis propios ojos exactamente lo mismo que había oído: “Oren sin cesar”; “eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu” (Ef 6,18); “oren constantemente, levantando las manos al cielo con recta intención” (1 Tim 2,8). Por más que reflexionara no sabía qué hacer.

“¿Qué hacer? -pensé. ¿Dónde encontrar una persona capaz de explicarme estas palabras? Iré por las iglesias donde predican oradores famosos y quizás allí encuentre lo que busco”. Y sin más, me puse en camino.

Así comienza el libro “Relatos de un peregrino ruso”, un hermoso libro, no muy extenso que me recomendó hace tiempo Fray Nelson en una homilía y que hoy yo también quiero recomendar.

Aunque lo leí hace uno o dos años, lo tengo bastante presente y vino a mi memoria al leer en la reflexión de www.donbosco.org.ar lo siguiente: “ El ciego Bartimeo está sentado junto al camino. No puede participar en la procesión que acompaña a Jesús. Pero grita, invocando la ayuda de Jesús: “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!”. A lo largo de los siglos, mediante la práctica de los monjes del desierto, esta invocación del pobre Bartimeo llegó a ser aquello que se tiene la costumbre de llamar “La oración de Jesús”. Los monjes lo repiten con los labios, sin parar, y va de los labios al corazón. La persona, luego de poco tiempo, no reza ya, sino que toda ella se vuelve oración” Esto es exactamente lo que enseña el libro, mientras va contando como lo aprende este peregrino ruso.

Hoy la Primera Lectura (Eclesiástico 42,15-26) dice: “El sol sale mostrándose a todos, la gloria del Señor se refleja en todas sus obras” y me pregunto cuantas veces el sol y toda la creación pasa a mi lado sin que me dé cuenta  de toda su maravilla. Esto lo digo, un poco también reflexionando en el pedido que Bartimeo le hace a Jesús en el Evangelio (Marcos 10,46-52), “Maestro, que pueda ver.” Y que, además –Diosidencia- le hacía también yo ayer en mi oración final:”… que sea capaz de ver a los demás tal y como Tú los ves.” Desde hace unos días, con Gaby buscamos fotos (en lo posible nuestras) en las que podamos encontrar a Dios caminando a nuestro lado y las guardamos en un álbum de facebook –Diosidencia nuevamente?- esto lo hacemos como una forma más de ejercitarnos en descubrirlo a nuestro lado, ya que sabemos que siempre está allí, aunque a veces nos olvidamos o no le prestamos atención. Invito a todos aquellos que lean esto a buscarlo, en fotos, en lugares, en donde sea que se les ocurra, en poco tiempo, así como el peregrino termina descubriendo la forma de orar sin cesar, descubrirán que Dios está allí, justo al lado en cada momento y lugar, realmente es el abrazo más hermoso que se pueda recibir en este mundo. Hagan la prueba no se van a defraudar.

Pero el Evangelio de hoy y la reflexión de Don Bosco argentina en realidad me hicieron ver algo nuevo, dice así la reflexión: “La curación de Bartimeo aclara un aspecto muy importante de cómo debe ser la fe en Jesús. Pedro había dicho a Jesús: “¡Tú eres el Cristo!” (Mc 8,29). Su doctrina era correcta, porque Jesús es el Cristo, el Mesías. Pero cuando Jesús dice que el Mesías ha de sufrir, Pedro reacciona y no acepta. Pedro tiene una doctrina correcta, pero su fe en Jesús no lo era mucho. Por el contrario, Bartimeo, había invocado a Jesús con el título de “¡Hijo de David!” (Mc 10,47). A Jesús no le gustaba mucho este título (Mc 12,35-37). Así que, aún invocando a Jesús con una doctrina no del todo correcta, Bartimeo tiene fe ¡y es curado! …
La comprensión total del seguimiento de Jesús, no se obtiene por la instrucción teórica, sino por el compromiso práctico, caminando con él por el camino del servicio y de la gratuidad, desde Galilea hasta Jerusalén. Quien insiste en mantener la idea de Pedro, es decir, del Mesías glorioso sin la cruz, no va a entender nada de Jesús y nunca llegará a tener una actitud de verdadero discípulo. Quien sabe creer en Jesús y hacer “entrega de sí” (Mc 8,35), aceptar “ser el último” (Mc 9,35), “beber el cáliz y cargar con su cruz” (Mc 10,38), éste, al igual que Bartimeo, aún teniendo ideas no enteramente correctas, logrará entender y “seguirá a Jesús por el camino” (Mc 10,52). En esta certeza de caminar con Jesús está la fuente de la audacia y la semilla de la victoria sobre la cruz.”

Entonces Jesús ayúdame a ver el Reino y tu presencia en cada momento, permíteme ser como Bartimeo, capaz de dejar todo lo que tengo y entregarme, aunque muchas veces no vea bien o no sean del todo claras mis ideas, porque voy a seguirte en el camino y en ese seguirte cada día voy a descubrirte y conocerte un poco más, así tal vez llegue como Pedro al momento en que me preguntes Domine, quo vadis? Y sea capaz de decir: me voy contigo a donde quieras llevarme.

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