Un día muy especial

Hoy, para la familia salesiana es un día particular, y para mí doblemente.

Por un lado festejamos el día de Santo Domingo Savio “Patrono de las Embarazadas y de las Cunas” y Patrono de la parroquia. Por este motivo comparto hoy una parte de su biografía y una reflexión que encontramos en la web. Luego la otra razón…

Biografía de Santo Domingo Savio

Nacimiento y Bautizo

En Riva de Chieri, en la humilde casita de los esposos Carlos y Brígida, durante toda la noche, la luz había permanecido encendida. Los amigos y familiares entraban y salían.
-¡”Ya verás, todo saldrá bien”!, le decía Carlos mientras con cariño le apretaba la mano.
“Sí, Carlos, así lo espero. Le he rezado mucho a la Virgen. Debe oírme. Se lo consagraré a Ella”.
Las horas pasaban lentamente. Amaneció el día 2 de abril. Era sábado. Carlos entra y sale del cuarto. Está nervioso. A las nueve de la mañana de aquel 2 de abril de 1842 Brígida daba a luz un niño.
El grito del recién nacido ahogó las lágrimas de alegría de una madre feliz.
Había nacido Domingo Savio.
Ese mismo día hacia el atardecer, Carlos y Brígida bautizaron al niño.
Como a su abuelo, lo llamaron Domingo.

Infancia

De Riva de Chieri se trasladaron a Murialdo. Domingo tenía sólo unos veinte meses.
En 1844 nace un hermanito. ¡Apenas tuvieron tiempo para bautizarlo! ¡Pobre Brígida! Cada nacimiento de un hijo significaba para ella horas de angustia, de dolor y amargo desengaño.
Carlitos muere al día siguiente de nacer.
En Murialdo van a nacer otros hermanitos de Domingo. La familia aumenta. Brígida tendrá que multiplicarse para atender a todos. Pero ella, como la mujer fuerte de la Biblia, se entrega a su esposo y a sus hijos sin que se agoten sus reservas de amor.
Carlos podrá olvidarlo todo. Pero no olvidará esos años de Murialdo cuando Dominguito se hacía todo amabilidad para darle a él esas horas de alegría. Más tarde, al recordar aquellos años, sus amigos le oirán repetir: “¡Cuánto consuelo y satisfacción me proporcionaba mi Domingo!”.
Domingo tiene cinco años. Mientras sus dos hermanitos quedan dormidos en la casa, la madre lo lleva a la Iglesia. Muchas veces la puerta del templo está cerrada. Entonces se arrodilla. Su mente y su corazón vuelan al Sagrario. Aprende a ayudar en la Misa. Llegará a ser un monaguillo ideal.

Primera Comunión

Febrero de 1853: con sus padres y hermanitos, Domingo se traslada a Mondonio. Tiene siete años y una preparación y madurez poco común.
Un día Domingo llega corriendo a su casa. Le trae una gran noticia a su madre.
-“¡Madre, el Capellán me ha dicho que puedo hacer la Primera Comunión!”.
La víspera del gran día, Domingo se acerca a su madre. Le estrecha las manos entre las suyas y con timidez le dice:
-“Madre, mañana voy a hacer la Primera Comunión. Quiero pedirte perdón por todo lo que te he hecho sufrir. De ahora en adelante seré mucho mejor”.
Una gruesa lágrima rodó por las mejillas de Domingo. Los ojos de Brígida también se humedecieron:
-“Tú sabes, hijo mío, -le dijo mientras le besaba en la frente- que todo ha sido perdonado.
8 de abril de 1849: el mundo católico celebra la fiesta de la Resurrección del Señor. Es el día en el que Domingo culmina sus aspiraciones: hace su Primera Comunión.
Muy temprano, vestido de fiesta, Domingo se dirige a la Iglesia parroquial de Castelnuovo.
Escribe Don Bosco en la vida del santo: “Domingo fue el primero en entrar al templo y el último en salir. Aquel día fue siempre memorable para él”. Parecía un ángel. Era un ángel.
Arrodillado al pie del altar, con las manos juntas y con la mente y el corazón transportados al cielo, pronunció los propósitos que venía preparando desde hace tiempo.
“Propósitos que yo, Domingo Savio, hice el año de 1849, a los siete años de edad, el día de mi Primera Comunión”:
1. “Me confesaré muy a menudo y recibiré la Sagrada Comunión siempre que el confesor me lo permita”.
2. “Quiero santificar los días de fiesta”.
3. “Mis amigos serán Jesús y María”.
4. “Antes morir que pecar”.
“Estos recuerdos, -continúa diciendo Don Bosco-, fueron la norma de todos sus actos hasta el fin de su vida”.

 

Alumno ejemplar

Domingo vive en Murialdo, aldea de unos cuatrocientos habitantes. Se ha hecho gran amigo del Capellán y le ayuda en la misa con toda perfección. En la escuela es el mejor alumno. Pero debe trasladarse a Castelnuovo para continuar la primaria. Sus padres tienen miedo y con razón, de dejarlo hacer sólo unos cinco kilómetros que separan a Castelnuovo de Murialdo.
-“Madre, -decía Domingo- si yo fuera un pajarito volaría mañana y tarde a Castelnuovo para continuar mis estudios”.
Todos son amigos de Domingo. Brígida lo besa emocionada cada vez que Domingo regresa a la casa con la medalla de honor como premio por su buena conducta y aplicación.
Domingo rechaza los elogios:
-“Madre, yo sólo hago lo que tengo que hacer. El maestro es muy bueno y siempre perdona tantas faltas que uno comete durante la semana”.
Pero Domingo debe suspender las clases. La madre lo nota demasiado pálido, delgado, cansado. Tiene poca salud. -“Domingo -le dice- debes descansar. En estos meses te has esforzado mucho”.
Su padre tiene que irse de Murialdo para buscar trabajo.
Se trasladan a Mondonio. Pero Domingo conservará recuerdos imperecederos de esos diez años vividos en Murialdo. Se levantaba temprano todos los días, rezaba sus oraciones, tomaba un ligero desayuno y feliz salía hacia Castelnuovo. Dos veces al día hacía este camino, recorriendo unos veinte kilómetros entre ida y vuelta.

 

Una respuesta edificante

-“Mira, mamá, hoy me encontré en el camino con un señor. Me llamó. Yo le respondí que no podía detenerme porque llegaría tarde. Al fin, él insistió y me pareció una falta de educación seguir adelante sin escucharle”.
-“¿Vas a Castelnuovo?” -me preguntó-.
-“Sí -le respondí-, todos los días hago este camino. Me preguntó enseguida si no me daba miedo caminar sólo por esos caminos. Yo me acordé en ese momento lo que tú me enseñaste, madre, que el Angel de la Guarda nos acompaña siempre. Y le respondí: ¡Pero si no voy solo, señor, mi Angel me acompaña!”.
Yo estaba apurado y quería seguir, pero él entonces me dijo: -“Mira, no me negarás que es duro y pesado hacer este camino con el sol abrasador del mediodía.
-“Sí, es cierto, me cuesta, pero mi amo me paga por este sacrificio”.
-¿Tu amo? ¿quién es ese señor?
-Pero, ¿quién va a ser? El buen Dios que no deja sin recompensa ni un vaso de agua que se dé en su nombre.

 

Un encuentro peligroso

Un día caluroso de verano, Domingo se dirige a la escuela de Castelnuovo. Como siempre, va solo o, como decía él, en compañía de su Angel custodio.
Ese día va a tener una sorpresa… y desagradable, por cierto. Domingo tropieza con algunos amigos que han decidido dejar las clases y tomarse unas horas por su cuenta para darse un baño en el riachuelo que atraviesa el valle de Murialdo.
Conocían muy bien los mejores pozos para zambullirse a su antojo. No era la primera vez que lo hacían.
Pero ahora tenían un plan distinto: convencer a Domingo para que se fuera con ellos al río. Sabían muy bien que no era fácil; conocían a Domingo, que no hacía nada sin permiso de la madre. Uno de los muchachos José Zucca, saluda a Domingo amigablemente.
-¡Hola, Domingo! ¡No me vas a negar un favor! Tú eres para nosotros el mejor amigo. Acompáñanos al río. No te arrepentirás. Hoy faltarán muchos a clase y el maestro ya se lo imagina. Este calor es insoportable. A ti te hará bien. Te hace falta. Estás pálido…
Domingo se detiene, no sabe qué decir. Antonio, uno de los más avispados del grupo, se le acerca amigablemente y lo lleva hacia el río.
Pero, yo no sé nadar… no estoy acostumbrado.
-No te preocupes, ya aprenderás. Así empezamos todos. Tú no puedes ser distinto de los demás… En la vida hay que saber de todo.
Se introduce Zucca en la conversación para decirle a Domingo la frase decisiva que lo convencerá.
Además, Domingo, sabes que estando tú presente nosotros nos portamos mejor. Es una obra buena la que haces, lo sabes muy bien.
Ya han caminado bastante y se acercan al lugar de su predilección. Rápidamente se desvisten y se echan en el pozo.

José Zucca le grita desde el pozo:
-Eh, Domingo, ¡ven! ¡esto sabe a cielo!
Domingo le responde:
No sé nadar, tengo miedo. Me puedo ahogar. Yo espero aquí. José Zucca quiso volver a hablar, pero otro de la pandilla lo echó al agua de un empujón.
Domingo se aleja un poco a un lado, se quita los zapatos, y sentándose sobre una piedra mete los pies en la corriente de agua.
Por un momento siente el deseo de lanzarse al agua. Tiene mucho calor. Total, bañarse no es pecado. Uno de los muchachos se acerca, se sienta a su lado, mientras le dice:
-Mira, Domingo, te hace bien tomar un poco de sol. Tu piel está blanca como una sábana.
Pega su hombro al de Domingo y le hace ver la diferencia. Otro que se había acercado por detrás empuja a Domingo y lo lanza al agua. Asustado, Domingo se levanta rápido y le nace por dentro una furia que instantáneamente muere en aquel corazón donde está ya madurando una virtud excepcional.
Domingo se sobrepone. Y ante la admiración de sus compañeros, termina dándose un sabroso baño. Pensó: se puede uno bañar en el río y pasar sanamente unas horas agradables pero dejar las clases, sin permiso, ¿se puede hacer sin ofender a Dios? No quedó satisfecho y al regresar a casa fue derechito hasta donde estaba su madre.
– Madre, hoy no me he portado bien. Tienes que llevarme a la Iglesia, quiero confesarme. No fui a clase, ¿sabes? unos compañeros me convencieron y los seguí. No quise bañarme… pero ellos me tiraron al agua y tuve miedo de hacer el ridículo, y me bañé con ellos. Pero no es esto lo que más me duele, sino haber desobedecido, el haberme expuesto al peligro que suponen tales compañeros y lugares semejantes.
Al día siguiente fue como siempre a la escuela y saludó a su maestro con la misma filial reverencia de todos los días.
El maestro, con mucha habilidad, supo disimular todo lo acaecido y no quiso herirlo reviviendo escenas del día anterior.
Aquellos compañeros intentaron de nuevo llevar a Domingo al río. Ignoraban ellos que él había analizado su comportamiento y había tomado un firme propósito. Esta vez, sereno y decidido, se les enfrentó:
-¿Queréis que os diga lo que pienso? Pues se los diré bien claro: he sido engañado una vez, pero fue la primera y va a ser la última. No quiero desobedecer a mi madre ni exponerme al peligro de ahogarme o de ofender a Dios. Y os diré que hicisteis mal en dejar las clases e ir a esos lugares. A Dios no le agradan los hijos desobedientes.

 

Un castigo injusto

Mondonio es el pueblo donde fijan su nueva residencia los padres de Domingo. Su nuevo maestro y amigo será el sacerdote José Cugliero.
Como en Murialdo, Domingo se entregará incondicionalmente a sus estudios. Nuevamente aquí se convierte en un alumno sobresaliente y en amigo de todos.
En veinte años de trabajo en la enseñanza -dirá su maestro Cugliero- jamás he tenido un alumno que se pueda comparar a Domingo.
De esta época de su vida es el episodio que narramos a continuación, tomado directamente de su maestro Cugliero. Aquel día las clases comenzaron como siempre. El maestro nota algo raro en el ambiente. Abre y cierra la puerta. Da unos pasos. Levanta la cabeza con ojos escudriñadores.
Hace un frío insoportable. Finalmente estalla un rumor de voces y de risas. -¡Silencio!, grita el maestro, dando un golpe sobre la mesa ¿qué pasa?
Ve la estufa llena de piedras, de tierra.
-¡Esto es insoportable!
Enardecido amenaza con no dar más clase hasta que se descubra al culpable.
Carlos, un alumno inteligente y vivo, pero con fama de travieso, se pone de pie:
-Maestro, cuando nosotros entramos al salón, el único que estaba adentro era Domingo.
El maestro y los demás alumnos miran hacia el puesto de Domingo. Este baja los ojos y cambia de color. Comprende que el momento es penoso y difícil. Se pone a prueba su virtud.
Por un momento reina el silencio en el aula. Nadie puede creer que haya sido Domingo.
Los culpables del hecho lo habían planeado todo bien. Ellos hablan y acusan. Domingo calla.
El maestro se dirige finalmente a Domingo y lo reprende fuertemente.
-¡Debías ser tú con esa carita de hipócrita! ¿te das cuenta del mal rato que me has hecho pasar? ¿no te enseñan en tu casa educación? Voy a llamar a tu madre para que conozca al angelito que tiene en su casa. Mereces la expulsión. Por ser la primera vez voy a tener consideración contigo. Ve y ponte ahí de rodillas.
Domingo, sin decir palabra y con los ojos bajos, camina hacia el centro de la clase y se arrodilla sintiendo en sí todo el peso de aquella humillación.
Todo se supo al día siguiente, cuando aparecieron los verdaderos culpables. La reputación de santo que tenía Domingo aumentó considerablemente desde aquel día.
“Vemos aquí el ejercicio heroico de tres virtudes: La humillación libremente aceptada y practicada delante de los compañeros y del maestro. La caridad para con los culpables, cuya culpa acepta, y un inmenso amor a Dios, en cuyo nombre sufre pacientemente la calumnia, que recuerda al Divino Salvador injustamente acusado por los hombres”.

 

Primer encuentro con Don Bosco

Un día llega a oídos del maestro Cugliero que Domingo Savio quiere ir a Turín, la capital, para estudiar en el oratorio de Don Bosco.
El maestro Cugliero recibe la noticia con alegría y va a hablar con Don Bosco. Conciertan un encuentro con Domingo para las fiestas del Rosario.
El lunes 2 de octubre de 1854, muy temprano, Juan Bosco y Domingo Savio se encuentran en el maravilloso escenario de aquellas tierras de “I Becchi”, donde Juan Bosco había nacido y vivido los primeros años de su vida.
Domingo saluda respetuoso. Juan Bosco aprieta aquella mano temblorosa y mira aquellos ojos de penetrante y candorosa mirada. A Domingo lo acompaña su padre. Domingo se presenta: Soy Domingo Savio, de quien le habló mi maestro Cugliero. Venimos desde Mondonio.
Juan Bosco, con ese don maravilloso de conocer a las almas, toma con seriedad el asunto. Se lleva a Domingo y tratando en confianza con él, hablan de los estudios, de las clases…
Don Bosco comprende al instante que tiene delante a un joven privilegiado y enriquecido por la gracia. Domingo, impaciente, pregunta:
-¿Qué le parece? ¿Me va a llevar a Turín?
-Ya veremos -le responde Don Bosco-. Me parece que la tela es buena.
-¿Y para qué podrá servir esa tela? -pregunta Domingo-.
-Bueno, -continúa Don Bosco- esa tela puede servir para hacer un hermoso traje y regalárselo al Señor.
Domingo, con la agilidad mental que le caracteriza, añade instantáneamente:
-De acuerdo, yo soy esa tela y usted es el sastre. Lléveme a Turín y haga usted ese traje para el Señor.
Don Bosco lo mira fijamente y le dice:
-¿Sabes en qué estoy pensando? Estoy pensando que tu debilidad no te va a permitir continuar los estudios.
Pero Domingo no se acobarda y añade enseguida:
-No tenga miedo. El Señor que me ha ayudado hasta ahora me continuará ayudando en adelante.
Don Bosco insiste:
-Cuando hayas terminado tus estudios de latín ¿qué piensas hacer?
Domingo responde seguro:
-Con el favor de Dios pienso ser sacerdote.
-Me alegro. Ahora probemos tu capacidad. Toma (le entrega un libro), estudia hoy esta página y mañana me la traes aprendida.
Mientras Don Bosco y el padre de Domingo se quedan hablando, Domingo se ha ido donde están jugando los demás muchachos. Al poco rato regresa, le entrega el libro a Don Bosco y le dice: Ya me sé la página. Si quiere se la digo ahora mismo.
La sorpresa que se llevó Don Bosco fue grande. Domingo no sólo le repitió de memoria (al pie de la letra) la página señalada, sino que le explicó el sentido con toda exactitud.
-Tú te has anticipado en estudiar la lección -le respondió Don Bosco y yo también me anticipo en darte la respuesta. Aquí la tienes. Te llevaré a Turín y desde hoy te cuento entre mis hijos. Pero te voy a recomendar una cosa: pide al Señor que nos ayude a cumplir su santa voluntad.-
Domingo salta de alegría y agarrándole la mano a Don Bosco se la besó con manifiesta prueba de profunda gratitud.
-Espero comportarme de tal manera -dijo Domingo- que jamás tenga usted que lamentarse de mi conducta.
Aquel día Carlos y su hijo Domingo regresaban a Mondonio cantando de alegría y daban a Brígida la noticia que ella esperaba con tanta ansiedad. Besó a Domingo con los ojos llenos de lágrimas y exclamó:
-¡Bendito sea Dios!
El Domingo 29 de octubre de 1854. Fecha histórica. Domingo entra a formar parte de la familia de Don Bosco en Turín.
Diego Javier, servidor del altar.

Por Mayza L. Torres
De la pagina  http://www.evangelizacioncatolica.org/2/category/mayza%20torres/1.html
Desde el pasado mes de agosto, soy catequista de un grupo de seis niños de nivel pre-escolar.  Durante el mes de octubre les di una clase sobre la vida de los santos en donde le presenté la experiencia de algunos de ellos.

Diego, mi hijo de siete años, toma catecismo conmigo y quedó marcado con esta lección del catecismo.  Se identificó y le llamó la atención la vida de un santo en particular, que hasta su nombre no olvidó.  Este fue Santo Domingo Savio, el primer colegial declarado santo, y quien murió a los 15 años.

Todas las noches mi esposo y yo, o alguno de nosotros, vamos con Diego a la cama, oramos con él y tratamos en lo posible de leerle la Biblia.  Hace tiempo que tratamos de conseguirle una para niños, que fuera ilustrada y más sencilla.  En su cumpleaños le regalaron dinero, así que lo llevamos a una librería religiosa donde escogió su Biblia ilustrada y por supuesto su primer libro de santos.  Está demás decir que en la noche, luego de llegar de Misa, donde sirvió como monaguillo, quiso leer la vida de los santos.

Mientras le estoy leyendo el prefacio del libro donde explica lo que es un santo, Diego me mira y me dice:“Mami, yo quiero ser santo”.  Me quedé pasmada. Pero en ese momento no pensé como cristiana y le contesté como mamá diciéndole: “Diego pues entonces tienes que mejorar en esto, lo otro, aquello…”  Mi hijo me miró con sus ojos llenos de lágrimas y me dijo:  “Entonces no puedo ser santo”.  ¡Wao! Me desarmó de tal manera, que me sentí muy mal. En ese momento pensé: “Oye, estás destruyendo la ilusión real y verdadera de un niño de acercarse más a Dios.”

Pensando mejor mi respuesta le dije:  “Diego, todos estamos llamados a ser santos. Todos podemos luchar para serlo. Ninguno de los santos era perfecto, cometieron errores.”  Y comencé a hablarles de algunos que se portaron mal, inclusive con sus madres.  El semblante de mi hijo cambió y leímos las historias que habíamos comenzado.

Qué cuidado debemos tener con nuestros niños, y qué preparados tenemos que estar para darles la respuesta correcta, no tan sólo como papás sino también como cristianos. Ojalá, Diego continúe amando la vida de estos amados de Dios.  No pido nada más, pues todavía le falta mucho por crecer.  Me es suficiente con escuchar lo que anoche me dijo y pedirle a Papito Dios que lo siga conduciendo por su camino y que a nosotros nos dé las palabras y las herramientas para darle testimonio de verdaderos cristianos.

Santo Domingo Savio, mi hijo a tan temprana edad es devoto tuyo. Al igual que él comenzaste como servidor del altar a los cinco años. Te pido que lo guíes a él y a todos los niños para que se interesen como tú en amar fielmente a Jesús y María. Amén.

Además hoy llegó el día de la primer ecografía!!!

La tecnología para mí no es una sorpresa, sin embargo, la Vida nunca deja de serlo y en ese contexto poder admirar latidos a 165 veces por minuto de un ser tan pequeñito como 15 mm y saber que es milagro es un regalo de Dios para mí, es algo que me supera y me deja sin palabras.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s