Charlando entre amigos

La tarde se prestaba para una charla de amigos.

Fuimos los dos solos a sentarnos bajo un duraznero, el sol apenas tibio, se colaba curioso en medio de las ramas escondido entre las hojas y el rosado vivo de un septiembre florecido. Era media tarde y la brisa suave acariciaba el rostro llenando los pulmones del aroma intenso y dulce de aquel pequeño árbol que hiciera de refugio y confidente nuestro.

T e conté mis cosas, esas que a nadie me animo. Entre un mate y otro, me fui animando y te solté la carga que en mi interior pesaba y como un gigante todo lo arrasaba. Es que había cosas que yo escondía, no tanto por vergüenza,  sino ya por costumbre de hacerlas siempre de un mismo mal modo mientras me decía: -No está mal hacerlo, es lo que hacen todos.

Como un buen psicólogo, todo lo escuchaste, casi se diría que lo mío, fue un monólogo. Sin embargo tu rostro, en todo momento me mostró confianza. Incluso en esos instantes, en que dude un poco. Me diste consejos y fue en cada uno de ellos que ayudaste a que, de a poco, salga todo eso, que mi corazón había roto.

Se nos acabó un termo, y enseguida preparamos otro. Cuando rompí en llanto, fue tu mano amiga la que enjugó mi rostro. Realmente hacía mucho tiempo que no charlábamos tanto y ahora  me preguntaba ¿por qué no lo abre hecho si esto se siente tan cómodo? Mi mente me había dicho que me gritarías y hasta me dirías que, yo no soy tu amigo, que me mantenga lejos, que solo dolor es lo que te provoco. Pero todo lo contrario es lo que sucede, el dolor era mío antes de llegar, mi vida sombría y llena de pesar. Ahora mi vista se comienza a aclarar, mi corazón palpita libre y es todo el ambiente un solo cantar. Los pájaros se acercan para escucharnos charlar, el duraznero nos baña de flores y el sol tiene brillo tan bello y cercano que hasta parece abrazar.

Me sentía nuevo, libre, con ganas de bailar, te abrace un instante y me sentí flotar. Esta charla de amigos no quería terminar, pero no soy el único que tu consejo y abrazo ha de necesitar. Me levanté y me iba cuando te escuche preguntar: ¿No quieres que te absuelva de todo tu pesar? Y levantaste la mano y mientras me mirabas, retiraste los cargos que en mi contra pesaban y los arrojaste al abismo olvidando todo para nunca más volverlos a recordar. Dibujaste en el aire una cruz que hasta entonces fue sangre y dureza y ahora es luz en mi rostro que mi frente levanta y me pone a cantar.

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