¿Fue una tormenta?

Sin dudas en el cielo, se estaba librando una gran y enorme batalla. Podían verse en cientos de kilómetros a la redonda los estallidos surcando de este a oeste y de norte a sur.

Sin embargo, nos encontrábamos aún, bastante lejos del lugar donde realmente se libraba la lucha titánica entre las huestes de Rafael y Luzbel, pues solo se divisaban las explosiones sin llegar a oír ni uno solo de sus estallidos. O quizás aquella batalla, se libraba en forma silenciosa, ya que por tratarse de seres de luz y sus batallas libradas en el plano de las ideas, tal vez los estallidos no fueran tales, sino que solo surcan el campo de batalla saetas de proposiciones lógicas hacia uno y otro lado; siendo el viento reinante una resultante de aquellas idas y vueltas tanto de ideas como de seres y las gotas de agua, producto del llanto de una madre que a todos quiere.

La lucha no parecía saber de descansos, una y otra vez se sucedían estallidos blancos, azules y rojos, a uno y otro lado se superponía, dando al paisaje un aspecto que bien podríamos llamar fabuloso y dantesco a la vez que dramático.

Nosotros, meros espectadores, inmersos en aquel caos tratábamos de escapar escondidos en un pequeño cofre rodado. El conductor avanzaba lentamente pero a paso firme, esquivando todo tipo de desperdicios que caían o yacían sobre todo el camino. Por momentos las explosiones eran de tal magnitud que llegaban a iluminar aún más que el astro solar dejándonos ver las secuelas de algo que parecía ser aún peor de lo que estábamos viendo y en pocos segundos volvía a reinar la tenebrosa oscuridad, apenas vencida por la frágil luz del farol que llevábamos al frente.

A duras penas me fue posible llegar a mi refugio y allí me dormí, tal y como lo hacen los soldados en sus trincheras en medio de la guerra, derrotado y vencido por el cansancio sin fuerzas para seguir despierto esperando un futuro incierto.

Pero al amanecer del nuevo día, un tibio rayo de sol acarició mi rostro mientras me permitía ver un firmamento celeste azulino cruzado por el más hermoso de los multicolores arcoíris que parecía llevar escrito: “…Esta es la señal de la alianza, que tengo establecida entre mí y todo viviente sobre la tierra…”; y escuche cantar los pájaros con sus alegres cantos mientras el viento era solo una brisa que a todos acariciaba.

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