Preparando el espacio para el NIÑO por nacer III

Muchas veces nos quejamos de las cosas que nos suceden, no tantas nos fijamos a nuestro alrededor que le está pasando a quienes están a nuestro lado; y sin embargo ¡cuántas veces ambos destinos están unidos para bien de ambos!

En este camino de Adviento, preparando el espacio para Jesús NIÑO por nacer, hoy en el Evangelio nos dice: “…¡Sígueme…” y ese llamado se relaciona muy directamente con el mirar a nuestro alrededor. La siguiente historia muestra como pueden darse vuelta las cosas a favor nuestro si sabemos escuchar y atender ese llamado.

Antonio Granada Martínez es un hombre paciente y sensato. Vivió muchos años en Brasil y ahora está de vuelta en su España natal, él cuenta: “Yo no tenía porvenir económico en España y con gran dolor de mis padres me fui a Brasil… Empecé vendiendo detergente y lavando ropa en tintorerías. Después estuve como cobrador en una agencia inmobiliaria. Allí aprendí a vender y como no me pagaban el porcentaje que yo quería, decidí entrar en contacto directo con los propietarios y venderles terrenos; pero ellos tampoco me pagaban. Tuve grandes problemas con ellos, llegando a la conclusión de que solo siendo yo “el llavero del cofre” podría ir bien mi negocio, y como soy un católico lleno de amor a Jesús y María, les hice la promesa de no robar a nadie aunque todos me usurparan a mí. Construí una casilla de madera al lado de la estación de trenes, anunciando venta de terrenos. Los hacendados me daban terrenos para vender por los que lograba buenas comisiones.

Había un indigente negro que pasaba los días al lado de mi casilla pidiendo limosna. Era joven, pero estaba impedido por una enfermedad llamada “elefantiasis”, la cual consiste en una hinchazón de pies, transformándolos en algo muy parecido a los “pisantes” de los elefantes. Me daba mucha pena y le ayudaba con limosnas, también le enseñé a rezar y viendo que su enfermedad era irreversible, trate de convencerle proponiéndole que le amputaran las dos piernas. Pero la operación y la estancia en el hospital eran muy caras. Un día, alquilé un coche y los dos junto al chofer nos fuimos a ver al director del hospital que quedaba a 60 kilómetros de San Pablo. En la puerta del dispensario me dieron una silla de ruedas para llevar al muchacho y presentarlo al director. Me atendió muy bien, después de saber que se trataba de una obra de caridad: “podemos internarle –me dijo- como objeto de experimento y estudio de su enfermedad, y cuando se agrave demasiado, le amputaremos las piernas”. No dejé de visitarle hasta que salió del hospital con piernas ortopédicas y buena salud para trabajar conmigo.

En la ciudad donde tenía mi negocio, había un ruso que tenía dos hectáreas de terreno en el centro de la población, su valor era incalculable y todas las agencias le hacían grandes ofertas para urbanizarlo y vendérselo con comisiones bajísimas. Pero él tenía miedo que le robaran todo. Como mi agencia era la más pobre de todas, ni se me ocurrió hablar con tan acaudalado propietario, hasta que un día se presenta este señor en mi oficina y me dice: “Quiero tratar con usted la venta y urbanización del terreno que todos quieren y nadie paga”. La sorpresa fue muy agradable. Tratamos el negocio. Convenimos en que me daría el 30% haciéndome cargo de la venta y urbanización. Se vendió todo con rapidez y beneficios millonarios para ambos.

Pero yo quería saber porque se fijó en mi negocio de madera y menospreció a todos los demás lujosos de la ciudad. Y al hacerle la pregunta me dijo: “Yo soy el chofer que llevé a usted y al joven negro que ahora trabaja para usted al Hospital de Clínicas, y viendo la espiritualidad que le movió para hacer tan prodigiosa caridad, no dudé más de su honradez para hacerle apoderado de la mejor tierra que tenía”. Y terminó diciéndome: ¡Qué bien nos paga Dios!”

Esta historia verídica fue publicada en “La voz de Avilés” el 1/12/97

Muchas cosas pueden rescatarse de aquí, pero hoy solo quería detenerme como dije al principio en como los destinos se van atando unos a otros y si somos capaces de seguir los dictados de Dios, todo se encamina para bien de muchos. Hoy Jesús vuelve a decirme y a decirte: “Deja todo y sígueme”

 

Para cerrar este post, la oración del día por la novena a la Inmaculada Concepción.

Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como preservaste a María de todo pecado mortal en toda su vida y a nosotros nos das gracia para evitarlo y el sacramento de la confesión para remediarlo, así te rogamos humildemente, por intercesión de tu Madre Inmaculada, nos concedas la gracia de no cometer nunca pecado mortal, y si incurrimos en tan terrible desgracia, la de salir de él cuanto antes por medio de una buena confesión.

Nos encontramos mañana si te parece.

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