¿Como debemos pedir?

Hoy volví a leer un cuentito del padre Mamerto Menapace y me pareció interesante compartirlo (algo adaptado) como una buena reflexión para comenzar el año.

Resulta que una de esas tardes que están justas para andar de paseo, salió Jesús  con sus ayudantes, como suelen decirles en el campo a los apóstoles y pasó por estas tierras. Quería ver un poco más de cerca como andaban aquellas enseñanzas que nos había dejado ya hace tiempo.

Caminaban por un sendero, poco tiempo después de una gran lluvia de varios días, cuando de repente se encuentran con un correntino de esos medio renegados.

Resulta que se le había empantanado el carro en un enorme lodazal y el correntino con barro hasta las ancas cinchaba de la rueda y entre esfuerzo y esfuerzo, bajaba los santos y los volvía a subir de tantas barbaridades que decía.

San Pedro ante semejante postal lo mira a Jesús algo enojado y le dice:

-Señor, castiga a este hombre!

-¡¿Cómo?!- le preguntó el Señor

¡Pedro! ¡Pedro! ¿Tanto tiempo de cristiano y todavía no aprendiste? ¿Cómo voy a castigar al pobre hombre? Vayan ya mismo todos a ayudarlo, vayan y saquen el carro.

-¿Pero no escuchaste todo lo que dijo? –insistió Pedro que ya sabemos cómo es de impetuoso.

-¡Que importa lo que dijo! ¡Lo importante es lo que hace! Vayan y ayúdenlo.

Fue Pedro con el resto de los apóstoles y fue muy fácil sacar el carro entre todos. El hombre no agradeció mucho al parecer, más vale se subió al carro y siguió su camino.

Jesús y los apóstoles siguieron también caminando y por ahí se encuentran con otro lodazal tan grande como el anterior y otra vez un carro atascado.

Al ir llegando se podía observar un santiagueño, más prolijo que el hombre anterior, arriba del carro empantanado hasta los ejes, pero desde allí arriba, puesto de rodillas rezaba humildemente:

-Señor, vos que sos tan bueno, ayudame. Sácame de esta realidad. Manda a tus santos y apóstoles para que me ayuden y pueda sacar el carro de acá. Y así seguía rezando…

-¿Vamos a ayudarle? –preguntó Pedro

-No –dijo el Señor. No lo ayuden nada.

-¡¿Cómo? –replicó Pedro muy sorprendido.

-Te digo que no hay que ayudarlo, vamos.

Y así siguieron su camino dejándolo en el barro.

Claro, san Pedro era autoridad de la iglesia, pero no iba a contradecir al Señor. Cuando ya estaban medio alejados se decidió a preguntarle:

-Discúlpame Jesús, no es que quiera contradecirte, pero es que no entiendo lo que pasó allá atrás.

-¿Cómo no lo entiendes Pedro? –dijo Jesús

-Es que al primero, medio renegado, que estaba tratando de sacar el carro, nos mandaste a ayudarlo. Y a este pobre hombre que puso toda su confianza en nosotros, nos rezaba y nos alababa, nos mandaste a no ayudarlo.

-Justamente- dijo Jesús tomando la palabra- el otro hacía todo lo que podía y por esa razón merecía la ayuda, este otro es un comodón, quería que nosotros le solucionáramos todo. ¡No señor!, que se baje y que se embarre, entonces lo vamos a ayudar.

 

Hasta aquí el cuento y creo que sobran las palabras y es necesario dejar espacio a la reflexión personal sobre nuestro actuar.

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