¿Esta bien rezar por ganar una guerra?

La entrada de hoy, tal vez se exceda un poco de lo normal, pero viene a responder una consulta y a tratar de reflexionar sobre un tema complejo. El texto que me dan y que figura más abajo se titula  “¿Qué significa poner la otra mejilla?” y la pregunta que se desprende de su lectura y que me hacían es:  ¿O sea que estaría bien rezar por ganar una Guerra! Y el mandamiento no matar?

Para tratar de dar mi idea, me gustaría comenzar por algo más personal que una guerra que es muy general o amplia. Es decir, el texto cita del Catecismo los nn. 2263 al 2267 cuyo título es: “La legítima defensa” y eso se refiere a cada persona, luego puede pensarse a una familia, seguir con una comunidad y una nación. Volviendo sobre el Catecismo cita a  Sto. Tomás que dice: “…’Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita…” Es decir, no está bien Hacer, Provocar la guerra (eso sería quebrar el mandamiento), pero si alguien me agrede es correcto que me defienda y de ser solamente necesario hasta provocar la muerte de mi agresor; hace unos días veía la película Karate Kid, allí se refleja muy bien la idea, el veterano maestro salva a sus alumnos (esta escena se repite en cada capítulo de diferente forma) de varios agresores y primero trata de disuadir a quienes quieren agredir, estos se burlan, él trata de continuar su camino, los agresores continúan y llegado el caso termina por dejar a todos en el piso, es claro que podría llegar a matar a sus adversarios, pero no llega a ese límite porque no es necesario. Si vamos a la Biblia, por ejemplo, allí está entre otros el caso de David y Goliat, David, no creo que deseara matar a Goliat, sin embargo no tiene opciones, y en este caso, no es solo la vida de David la que está en juego, sino la de todo el pueblo judío. Viene a mi memoria otro caso, el de San Francisco de Asís que ante unos ladrones que habían sido echados por uno de los suyos, sale en su búsqueda, los invita a volver, los alimenta, limpia y charla con ellos hasta que llegan al punto de convertirse viendo tanto buen trato y amor. Este es el ejemplo de poner la otra mejilla al extremo que imaginamos al escuchar a Jesús. Pero volviendo sobre la Biblia, hace mucho tiempo leí un libro que hablaba sobre las armas de los apóstoles y decía que no solemos pensar en ellos como hombres que iban armados, sin embargo así era, cuando toman a Jesús en el Huerto podemos leer en San Mateo 26, 51 “…uno de los que estaban con Jesús sacó la espada e hirió al sirviente del sumo sacerdote…”  incluso más claro lo leemos en San Lucas 22, 49 “…Los que estaban con Jesús vieron lo que iba a pasar y le preguntaron: Maestro ¿sacamos la espada?…” Es decir que ellos llevaban espadas y que Jesús lo sabía. Pero este ejemplo además me lleva a seguir pensando en la idea, porque en este caso Jesús los reprende y hasta les habla de que “…quien mata por la espada, morirá por la espada…” (es decir, es preferible no llevar armas para no tentarse y usarla) y también les dice que no lo hagan porque deben cumplirse las escrituras, y esto último es clave; porque quiere decir que en algunos casos está bien defenderse y en otros hasta puede ser mejor entregarse hasta la muerte de ser necesario. Cómo saber cuándo es cada caso es lo difícil y es lo que plantea el texto del catecismo, “no ejercer una violencia mayor de la necesaria”. Para cerrar la idea y en todo caso lo dejo para otra entrada o de tarea para quienes me leen, está en el caso de San Pedro y San Pablo, ambos escapan varias veces de la muerte, san Pedro ayudado por un ángel, San Pablo generando una discusión entre los judíos e invocando su ciudadanía romana, pero los dos en cierto momento se entregan a la muerte sin lucha ni defensa. Es conocida la frase «Quo Vadis, Domine?» («¿A dónde vas, Señor?») que, según la leyenda y la tradición, fueron pronunciadas por San Pedro mientras huía de Roma para ponerse a salvo de la persecución de los cristianos por orden del emperador Nerón. Ante la pregunta, Jesús responde: «Voy a ser crucificado en Roma por segunda vez porque mis propios discípulos me abandonan». Avergonzado de su cobardía, Pedro regresa a Roma para afrontar su destino de martirio.

 

Pero la pregunta también tiene otra dirección, porque habla de la oración. En este sentido es bueno pensar primero que la oración es un dialogo personal con Dios, con ese Dios que Jesús nos enseña a llamar Padre (incluso más cariñosamente “Papito”) y en ese diálogo cada uno puede pedirle lo que desea y necesita, desde su propio parecer, luego Dios como Padre y conocedor de todas las cosas sabrá conceder o no nuestro pedido, y eso puede incluir hasta algo relacionado con una guerra, y digo así porque para mí ese pedido debería ser: 1- Señor, has que la guerra termine. 2- Señor, que este país, que no deseó la guerra y se vio involucrado en ella y que además solo defiende lo que le pertenece y su libertad, salga victorioso y la guerra acabe. Etc…  Volviendo al Antiguo Testamento está lleno de ejemplos del pueblo judío en guerra contra otros pueblos y rezando por su victoria, la que no siempre les fue concedida.

Más cerca a nuestros días están las intervenciones de María Auxiliadora a diferentes ejércitos y Papas. La batalla de Lepanto: El 7 de octubre de 1571, durante el pontificado de San Pío V, la flota Cristiana, con el Auxilio de María, logra una victoria contra la flota de los turcos. Después de esta victoria, se propaga la invocación de “María, auxilio de los Cristianos” y de los labios de los soldados sobrevivientes de Lepanto, se difunde por toda Europa. En Viena: El 12 de septiembre de 1683, durante el Pontificado de Inocencio XI, bajo el mando del rey de Polonia, Juan Sobieski, con un ejército inferior de fuerzas, confiando en la ayuda de María Auxiliadora, vence al ejército turco. En Roma: El 24 de mayo de 1814, Pío VII, liberado por la intervención de María , de la prisión napoleónica, entra triunfante en Roma, y unos meses después instituyó, la fiesta de “María Auxiliadora”.

Y para cerrar la idea podemos tomar los ejemplos de San Martín y Belgrano, el primero soldado de profesión, el segundo abogado obligado a convertirse en general, ambos lograron la libertad de nuestros pueblos y ambos eran devotos de la Virgen, muy buenos cristianos y antes de cada batalla invocaban la protección de la Virgen y de Dios, hay numerosas ofrendas hechas por ellos en varios templos del país que así lo recuerdan.

Para completar la idea también puedo recomendar la película El Gran Torino de C. Eastwood.
Gran Torino [DVD]

 

El texto inicial

¿Qué significa poner la otra mejilla?
Responde el P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.
Pregunta:

Estimado Padre Fuentes: Cuando Jesús dice que si alguien nos golpea debemos poner la otra mejilla ¿Cómo debe entenderse esto? Si alguien agrede físicamente a otro, ¿no tiene éste derecho a defenderse? Gracias. Osvaldo
Respuesta:
Estimado:

1. Poner la otra mejilla

Ante todo, el sentido de ‘poner la otra mejilla’ debe entenderse en el contexto del discurso de la Montaña en que Jesucristo reforma la ‘ley del talión’ (cf. Mt 5,38-42)

Jesucristo toma por tema la ley del talión, que se hallaba formulada en la ley judía: ‘habéis oído -en las lecturas y explicaciones sinagogales- que se dijo (a los antiguos): ojo por ojo y diente por diente’ (cf. Manuel de Tuya, Biblia comentada, BAC, Madrid 1964, pp. 119-122).

Lo que Cristo enseña, en una forma concreta, extremista y paradójica, es cuál ha de ser el espíritu generoso de caridad que han de tener sus discípulos en la práctica misma de la justicia, en lo que, por hipótesis, se puede reclamar en derecho.

Por eso frente al espíritu estrecho y exigente del individuo ante su prójimo, pone Cristo la anchura y generosidad de su caridad. ¿Cuál ha de ser, pues, la actitud del cristiano ante el hombre enemigo? ‘No resistirle’, no por abulia, sino para ‘vencer el mal con el bien’ (Rom 12, 21).

Pero la doctrina que Cristo enseña va a deducirse y precisarse con cuatro ejemplos tomados de la vida popular y cotidiana y expresados en forma de fuertes contrastes paradójicos, por lo que no se pueden tomar al pie de la letra. Estos casos son los siguientes:

a) Si alguno te abofetea en la mejilla derecha, muéstrale también la otra. La paradoja es clara, pero revela bien lo que lo que debe ser la disposición de ánimo en el discípulo de Cristo para saber perdonar.

b) Al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. Ante esto, se le promete por Cristo ceder también de buen grado su túnica. La crudeza a que llevaría esta realización hacer ver el valor paradójico de la misma. La enseñanza de Cristo es ésta: Si te quisiera quitar una de las dos prendas únicas o necesarias de tu vestido ( de lo necesario o casi necesario a la vida), que no se regatee; que haya también una actitud, en el alma, de generosidad, de perdón, que se manifestaría incluso, como actitud, hasta estar dispuesto a darle también todo lo que se pueda.

c) Si alguno te requisa por una milla, vete con él dos. Esta sentencia de Cristo es propia de Mt. La expresión y contenido de ‘requisar’ es de origen persa. Y se expresa esto con el grafismo del caso concreto. Si se requisa por ‘una milla’ (que es el espacio que los romanos señalaban con la ‘piedra milaria’ = 18000 m.) habrá de responderse generosamente ofreciéndose para una prestación doble. La misma duplicidad en la fórmula hace ver que se trata de cifras convencionales. La idea es que la caridad ha de mostrarse con generosidad, enseñado por Cristo con un término técnico.

d) Da a quién te pida y no rechaces a quien te pide prestado (Lc. 6, 30). Teniéndose en cuenta el tono general de este contexto, en el que se acusan exigencias e insolencia por abuso (la bofetada, el despojo del manto , ‘la requisa’), probablemente este último ha de ser situado en el plano de lo exigente. Puede ser el caso de una petición de préstamo en condiciones de exigencia o insolencia.

El discípulo de Cristo habrá de tener un espíritu de benevolencia y caridad tal, que no niegue su ayuda- limosna o préstamo- a aquel que se lo pide , incluso rabasando los modos de la digna súplica para llevar a los de la exigencia injusta e insolente. El discípulo de Cristo deberá estar tan henchido del espíritu de caridad, que no deberá regatear nada por el prójimo como a sí mismo’.

¿Cuál es la doctrina que se desprende de estos cuatro casos en concretos que utiliza para exponerla?

Igualmente en estos cuatro casos hay que distinguir la hipérbole gráfica y oriental de su formulación y el espíritu e intento verdadero de su enseñanza.

Y para esto mismo vale la enseñanza práctica de Jesucristo.

Así cuando el sanedrín lo procesa y cuando un soldado le da una bofetada, no le presenta la otra mejilla, sino que le dice: ‘Si he hablado mal, muéstrame en qué , y si bien ¡, ¿por qué me abofeteas?’ (Jn. 18,22.23).

La enseñanza de Cristo y de Pablo muestran bien a las claras que la enseñanza de Cristo no tiene un sentido material, Si en la hagiografía cristiana llegó el celo a practicar literalmente estos mandatos, fue ello efecto de un ardiente espíritu de caridad que se llegó a desbordar, incluso en el gesto.

2. La legítima defensa

La doctrina católica está expuesta en el Catecismo nn. 2263-2267:

‘La legítima defensa de las personas y las sociedades no es una excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el homicidio voluntario. ‘La acción de defenderse puede entrañar un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor… solamente es querido el uno; el otro, no’ (Santo Tomás de Aquino).

El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal: ‘Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita… y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la de otro’ (Santo Tomás de Aquino).

La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad’.

 

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