Golpes de la vida

La vida suele regalarnos alegrias y tristezas mezcladas, una de cal y otra de arena suelo escuchar desde chico; otras veces por rachas que puden dar envidia a otros cuando son buenas o de las otras y nunca falta el que dice: ¡ánimo! no hay mal que duere cien años (y el mala onda agrega: … ni cuerpo que lo resista…) Como sea, la variedad es tan amplia como personas tiene la historia de la humanidad. Estoy convenido de que no hay dos historias iguales y eso hace de cada uno de nosotros obras de arte irrepetibles. ¿hubiese sido un genio Beethoven de no ser sordo? Aquel hombre que inspiró la película “Mi pie izquierdo” ¿hubiese sido así de haber tenido manos? ¿ S. Hawking seria el investigador que es de no haber quedado postrado en la silla de ruedas? ¿Don Bosco habría sido tan sensible por los niños y jovenes -sobre todo huerfanos.- de no haber perdido a su padre cuando era un niño?

La historia que sigue, la recordé hace unos días y habla de esto. Espero que te guste y te sirva tanto como me sirvió a mí cuando la recibí por primera vez.

(Gracias a quien sea su autor)

La Taza

Aquella señora quedó maravillada al examinar una preciosa y fina taza en la tienda de antigüedades. “Nunca había visto algo tan exquisito exclamó la dama, esta taza es una verdadera joya”.

“Usted no sabe todo lo que he pasado”, le habló la taza, para su gran sorpresa.

“Hubo una vez en que yo simplemente era un trozo de barro. Mi maestro me recogió del suelo con una pala y me colocó en un torno de rueda horizontal y me dio vueltas y vueltas y más vueltas, mientras me daba forma con sus manos. Yo gritaba que parara, y el repetía: Todavía no…

Luego me metió en un horno. Nunca sentí tanto calor. Grité y quise salir pronto de ahí, pero el maestro seguía repitiendo: Todavía no…

Finalmente abrió la puerta y me sacó para enfriarme un poco. Entonces tomó brochas y pinceles, y empezó a pintarme. Los olores de la pintura me asfixiaban. A mis quejas el maestro solo atinaba a decir: Todavía no…

Para colmo, me metió de nuevo en el horno, ahora mucho más caliente que antes. Supliqué, lloré, di patadas, refunfuñé…pero la única respuesta que obtuve fue: Todavía no…

Cuando pensaba que ya no había ninguna esperanza de parar esas torturas, el maestro me sacó del horno y me puso frente a un espejo.

No es posible dije, al verme reflejada en el espejo, esa no puedo ser yo. ¡Es una bella taza! ¡Soy una bella taza! ¡Soy una obra de arte! Y el maestro me contestó de la siguiente manera:

Quiero que recuerdes esto: se que te dolió cuando te saqué del suelo con la pala, que te mareaste en el torno, que sufriste un horrible calor en el horno, que te asfixiabas con el olor a pintura y que casi te achicharraste en el segundo horno. Pero si no hubieras pasado por todo eso, todavía no serías más que un trozo de barro. Ahora en cambio, eres una hermosa taza de porcelana”.

Cada uno de nosotros somos como esa taza de porcelana. Una obra de arte. Pero a veces nosotros solo vemos el barro. Necesitamos que la vida nos ponga a prueba y nos moldee para descubrir el tesoro que llevamos dentro.

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