Caminando al Calvariae Locus – Día 9

Muchas veces cometemos el error de pensar que en la vida todo es blanco o negro (lo que es peor… creemos que nosotros siempre estamos del lado del blanco y los otros son los equivocados…) Pero el tiempo va mostrando la cantidad de matices que tanto blanco como negro pueden ofrecer, e incluso descubrimos que existen otros colores muy bellos.

Ese ir descubriendo es el camino de la conversión (no se trata de la “diversidad”, “inclusión” ni ninguna de esas palabras de moda que en realidad esconder la idea de imponer ideales incluso contrarios a lo que predican) Se trata de descubrir que la VERDAD es una sola y que todos tenemos una pequeña parte de ella y si sabemos descubrirla podremos ir encontrando la Verdad que solo la tiene Dios.

En ese camino que la #Iglesia nos invita a llevar especialmente durante este tiempo de #Cuaresma (pero en realidad todo el año), muchos tenemos un cambio abrupto de casi diría 180 grados al descubrir a Dios, y esos son los casos que quiero contarte en estos días para juntos reflexionar. Te dejo entonces otro caso de nuestro tiempo de alguien como vos y como yo. Espero tus comentarios, opiniones, o lo que quieras decir.

conversionConversión: “Yo fui adepto al satanismo”
Impulsado por compañeros de colegio, Benjamin empezó a practicar el satanismo; unos años más tarde unos encuentros le llevaron a descubrir otra vida

A los 16 años, influido por algunos compañeros, empecé a frecuentar círculos de metal, punk, rock, etcétera. ¡En esa época cambiaba mi look cada mes! Después empecé a fumar petardos y a llevar un crucifijo al revés. Además buscaba en internet todo lo que se refería al satanismo. Con mis compañeros, a fuerza de ver películas de terror que nos enloquecían, me lancé al espiritismo. Buscábamos dar miedo por todos los medios.

Fue así como en un espacio de seis meses pasé del “buen chico” al adepto al satanismo. La muerte de mi bisabuela, a quien quería mucho y por cuya curación había rezado, me reforzó en mi actitud. ¿Dios me había defraudado? Bueno, yo quería mostrarle que si no me prestaba atención, iría por otro lado.

Abrir los ojos
A los 18 años me gradué y decidí partir a la Legión extranjera para alejarme de esta vida que se había hecho demasiado pesada. Un año después ya había cambiado. Acepté un empleo en un centro para personas con discapacidad motora o mental y esta experiencia me abrió los ojos.

Al lado de estas personas frágiles, aprendí a darme a mí mismo y a amar a los demás. Y por la tarde estudiaba para hacerme ingeniero en telefonía y fibra óptica. Gracias a esta formación encontré un trabajo muy bien pagado. Esta vida demasiado fácil me condujo de nuevo al caos. Cada tarde me llevaba una chica nueva a casa. Pero después de dos años esta vida me pareció completamente vana.

Decidí partir por las carreteras de Francia, ofreciendo mis competencias a cambio de cama y comida. Una tarde, me quedé sin alojamiento. Me aconsejaron probar suerte en la rectoría. Allí, una familia encargada de la acogida me preguntó si podía quedarme para hacer unos trabajos.

Su hija mayor llegó de una sesión cristiana y resplandecía de felicidad. Su alegría despertó en mí preguntas metafísicas. Unos días más tarde, percibiendo mi búsqueda interior, uno de sus amigos, que era sacerdote, me propuso llevarme a un lugar de peregrinación cercano.

Allí me sentí empujado a confesarme. Era la primera vez en mi vida que recibía este sacramento. Pude poner toda mi vida en las manos de Dios y recibir su perdón. ¡Una verdadera liberación!

Y volví a la carretera, decidido a mantener el rumbo. Volví a misa y me puse a rezar. Mi camino me condujo a Rocamadour, donde permanecí seis meses.

Allí, el sacerdote me dijo que podía desafiar a Dios con estas palabras: “Señor, estoy completamente perdido, no sé qué hacer con mi vida. Si quieres, ¡dame una respuesta!”.
Abrí la Biblia y mis ojos se posaron en un pasaje del salmo 71: “Tú eres mi roca, mi fortaleza”. Recibir esta palabra en Rocamadour, una ciudad construida sobre una roca: para mí estaba claro: Dios me podía hablar a través de la Biblia. A esto siguieron conversaciones muy largas con el sacerdote del santuario.

Unos meses más tarde, mientras estaba de paso por Bélgica, mi hermano mayor se suicidó. En esta prueba, mi fe, muy fresca, me sostuvo mucho. También me permitió reconfortar a los míos.

Mi fe se hace sólida

Hoy puedo decir que he encontrado la verdadera felicidad. Cada día descubro una nueva faceta del amor de Dios y de los demás. Actualmente trabajo en Bourgogne, en Paray-le-Monial, donde Cristo se apareció para revelar a los hombres su corazón desbordante de amor. Mi fe se hace cada vez más sólida. ¡Y tengo muchos proyectos en mente!

Artículo publicado originalmente en L’1visible.  

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