La Paternidad y el Estado

Ayer me encontré con una noticia que decía: “…Por ir a jugar a un parque solos generaron un debate sobre la paternidad
Estados Unidos: Dos hermanitos de 6 y 10 años caminaban tomados de la mano. Un vecino los vio y denunció a los padres, que son investigados por negligencia…”

La nota completa puede leerse en: Nota Paternidad en Clarin

Esto, que me parece una barbaridad y exageración de parte del vecino y del Estado, me recordó una anécdota y un homenaje que estoy debiendo aquí.

Tendríamos con mi hermano más o menos la misma edad de esos chicos cuando mis padres decidieron que era el momento de empezar a enseñarnos a movenos solos. Tal y como hicieron estos padres. Entonces nos llevaron al centro de la ciudad a ver una película en el cine, nos compraron las entradas y antes de entrar nos hicieron repetir varias veces todo lo necesario: donde debíamos tomar el colectivo de regreso a casa, que colectivo debíamos tomar, donde vivíamos, como eran los nombres de nuestros padres, etc. me dieron dinero para golosinas, dinero para los pasajes de colectivo de vuelta y cada uno separado en bolsillos diferentes.

Todo listo, nos quedamos en el cine que todavía hoy está en la galería de calle Sarmiento, entre San Lorenzo y Córdoba. En esa época, los cines pasaban la película continuada y podíamos quedarnos a ver la siguiente función sin pagar entrada nuevamente. En la primer función nos hicimos amigos de otros chicos de nuestra edad que también estaban solos. En el intermedio compramos pochoclo y golosinas, fuimos al baño y jugamos hasta que comenzó al siguiente función, que ya no miramos tanto y molestamos un poco… (mal de nuestra parte). Al finalizar emprendimos el regreso. Llegamos a la esquina de Córdoba y Mitre para tomar el colectivo de regreso (303 si no me falla la memoria) y ¡he aquí la sorpresa! O nos gastamos todo el dinero o lo perdí!!!

¿Como volvíamos? Mientras volvíamos a repasar todo, revisar los bolsillos y pensar que hacer, se nos acercó un señor que vende (todavía hoy) praline en esa esquina, nos preguntó si teníamos algún problema y luego de que le contáramos nos dio el dinero para los boletos y se aseguró de subirnos al colectivo.

Todavía hoy cada vez que pasó por la esquina le compro praliné, no solo por agradecimiento, también porque es el mejor de todo Rosario. Alguna vez me atrevo a saludarlo y recordarle aquella anécdota, él reacciona como se me ocurre habría reaccionado el Buen Samaritano si a su regreso se hubiese encontrado con el mercader sanado y agradecido. Feliz de saber que ayudo, pero con tanta humildad que hasta se sonroja.

¡Mi más eterno gracias a él! ¡No se pierdan la oportunidad de probar su praliné y gracias por comprarle!gar

Respecto del artículo: ¡Cuanta diferencia hubiese hecho ese vecino si acompañaba a los chicos a jugar o simplemente los dejaba llegar al parque! El Estado aún en países como Estados Unidos ya está excediendo sus límites y tomando la paternidad para sí quitándola a quienes la naturaleza y Dios mismo se la han otorgado ¿por que no se ocupan de problemas graves en lugar de prevenir donde no es necesario?

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